Migración y Desarrollo, volumen 21, número 40, primer semestre 2023, es una publicación semestral editada por la Universidad Autónoma de Zacatecas «Francisco García Salinas», a través de la Unidad Académica de Estudios del Desarrollo, Jardín Juárez 147, colonia Centro, Zacatecas, C.P. 98000, Tel. (01492) 922 91 09, www.uaz.edu.mx, www.estudiosdeldesarrollo.net, revistamyd@estudiosdeldesarrollo.net. Editor responsable: Raúl Delgado Wise. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo Vía Red Cómputo No. 04-2015-060212200400-203. ISSN: 2448-7783, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de última actualización: Unidad Académica de Estudios del Desarrollo, Maximino Gerardo Luna Estrada, Campus Universitario II, avenida Preparatoria s/n, fraccionamiento Progreso, Zacatecas, C.P. 98065. Fecha de la última modificación, julio de 2023.

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https://doi.org/10.35533/myd.numero40

Marxismo, desarrollo y subdesarrollo

Marxism, development and under-development

Recibido 17/11/22 | Aceptado 13/12/22

Ronaldo Munck*

*Irlandés. Docente investigador de la National University of Ireland, Irlanda. Correo-e: ronnie.munck@dcu.ie
Traducido del inglés al español por Georgia Aralú González Pérez y Andrea Fabiola Mata Martínez.

Resumen. Con fundamento en Karl Marx, el presente artículo muestra el cambio sustancial del tránsito de una concepción un tanto evolucionista del desarrollo, a otra que se ajusta más a nuestra comprensión del desarrollo combinado y desigual. La ruptura epistemológica de Lenin acerca de una visión ortodoxa o evolucionista del desarrollo, a una visión de la economía global a través de la bisagra del imperialismo, da paso a una nueva percepción del capitalismo como no homogéneo, en el que una parte del mundo se desarrolla y otra se «subdesarrolla». ¿La concepción neomarxista posterior al «subdesarrollo» representa una continuación del concepto de desarrollo capitalista del propio Marx, o representa algo completamente diferente? Mi argumento es que necesitamos volver a Marx, pese a las ambigüedades de su análisis, a fin de disponer de una guía útil para el desarrollo en el siglo XXI.

Palabras clave: desarrollo, marxismo, subdesarrollo, globalización, Marx, Lenin, imperialismo, deconstrucción.

Abstract. This article follows the substantial shift in the position of Karl Marx from a somewhat evolutionist conception of development to one that aligns more with our understanding of combined and uneven development. Lenin’s epistemological break from an orthodox or evolutionist view of development, to a view of the global economy via the hinge of imperialism then ushers in a new view of capitalism as non-homogenous, where part of the world develops and another «under-develops». Does the later neo-Marxist conception of ‘under-development’ represent a continuation of Marx’s concept of capitalist development, or does it represent something completely different? My argument is that we need a return to Marx despite the ambiguities in his own analysis to have a useful guide to development in the 21st Century.

Keywords: development, marxism, under-development, globalisation, Marx, Lenin, imperialism, deconstruction.

Método

Frecuentemente se asume que el marxismo es una narrativa única y unificada; por ende, leemos sobre la teoría del nacionalismo, el desarrollo y todo lo demás. Desde la crisis de esa corriente en la década de 1980 se ha vuelto más difícil aferrarse a su versión modernista y a la perspectiva teleológica de la historia, tal como la articula el marxismo «oficial». El hecho de que esto pueda reflejar una posible confluencia entre la crítica del logocentrismo y la crítica del capitalismo, lo plantea Jacques Derrida, para quien «la deconstrucción nunca ha tenido sentido ni interés, al menos desde mi lógica, más que como una radicalización, o sea, en la tradición de un cierto marxismo o en un cierto espíritu del marxismo» (1994:92). Ese será el método que intentaré desarrollar.

¿Qué se mantiene del marxismo en los albores del siglo XXI? ¿Podemos acaso volver a los «clásicos» y recuperar herramientas para el análisis del nuevo capitalismo global? Después de todo, Marx tenía muy claro que el capitalismo no cesaría su expansión hasta dominar el mundo. Así que probablemente ha llegado el momento de hacer un balance de las distintas corrientes del marxismo sin ideas preconcebidas ni vestigios de dogmatismo.

Quizá resulte irónico que Althusser, responsable de una lectura en exceso «cientifista» de Marx en la década de 1960, fuera también —en sus últimos escritos—, un precursor de las preocupaciones contemporáneas de los nuevos movimientos sociales que sacan al marxismo de la camisa de fuerza del modernismo. Uno de sus ensayos póstumos más interesantes es «Marx en sus límites» (Althusser, 2006), el cual sienta las bases del «materialismo aleatorio» que sustituyó a su anterior marxismo estructural. Dicho materialismo enfatiza en la contingencia del orden social: lo que existe no tenía ni tiene por qué ser así. Con el propósito de constituir una nueva sociedad, es preciso comprender a plenitud toda la gama de alternativas que pueden derivar de la acción humana y de las múltiples posibilidades de autodeterminación. Se percibe una «falta absoluta de garantías» en cuanto al camino que llega a tomar la historia, misma que no tiene un final preestablecido. La trayectoria del proceso histórico se encuentra así influida por individuos o grupos activos, actores o agentes, que deben considerarse.

Del aludido marxismo «posmoderno» es viable atender un enfoque decisivo en su naturaleza antiteleológica y lo que Althusser denomina «la necesidad de la contingencia»: la forma en que describe un modo de producción, como originado en «un encuentro aleatorio de elementos independientes». En torno a la cuestión de necesidad histórica se aprecia en Althusser cómo «el pensamiento de Marx contiene sugerencias muy originales que nada tienen que ver con el mecanismo de la inevitabilidad ni con la inevitabilidad del destino o bien con el orden jerárquico de los modos de producción» (2006:93). Se trata de un marxismo que es más capaz de hacer frente a la teleología de la teoría del desarrollo, en contraste con los marxismos socialdemócrata alemán y soviético, que a su vez eran completamente teleológicos.

Por su parte, «desarrollo» —en sus formas dominantes— es, inclusive, un discurso de desarrollo occidental o del norte. Se trata de una perspectiva linear y teleológica (encaminada hacia un fin predefinido), que confía totalmente en la inexorabilidad del progreso humano siempre que se siga ese modelo prescriptivo. El modelo asume los beneficios universales a modo de utopismo secular y una autoconcepción de que en última instancia está haciendo el bien de forma general. En la década de 1990, este paradigma de desarrollo alcanzó su cenit con el surgimiento de la globalización capitalista y la desaparición de (la mayoría) los modelos alternativos socialistas y capitalistas de Estado; sin embargo, el proyecto o la utopía de la globalización no se materializó. No hemos asistido aún a la «gran convergencia» del Norte y el Sur globales ni a la erradicación de la pobreza que se había prometido. En contraposición, hemos asistido a un mayor grado de desigualdad entre las naciones y al interior de ellas, además a una resistencia concertada hacia el modelo de desarrollo universal con un resurgimiento de visiones de desarrollo alternativas.

El legado de Marx

Comúnmente se tiene la creencia de que el análisis de Marx referente a la acumulación de capital y las leyes del movimiento del modo de producción capitalista produjo una teoría eurocéntrica y unilineal del desarrollo. Con fundamento en versiones más recientes y completas de su obra, es posible comprender ahora a un Marx más «global», consciente del desarrollo desigual, quien no tomaba a Gran Bretaña como el modelo de desarrollo que se seguiría en todas partes. Fue también muy dialéctico en su visión del impacto del colonialismo en la India, pues mostró que su carácter destructivo no fue igualado por un impacto «regenerador». Se le considera el precursor de la idea de que el capitalismo es históricamente progresivo, puesto que elimina las relaciones sociales de producción precapitalistas y allana el camino para el desarrollo capitalista y, por ende, para el socialismo. Una importante salvedad de Marx se encuentra en una nota al pie de página de El capital (volumen 1), donde aclara que «para examinar el objeto de nuestra investigación en su integridad, libre de todas las circunstancias subsidiarias perturbadoras, debemos tratar al comercio como una sola nación, y asumir que la producción capitalista está establecida en todas partes y ha tomado posesión en cada rama de la industria» (Marx, 1976:272 ft 2). Eso se parece mucho a la «globalización».

Es en su vínculo con Irlanda donde Marx (y más Engels) desarrolló una concepción menos evolucionista del desarrollo capitalista. A finales de 1869 concerniente a un debate en el Consejo Central (de la internacional) expresa: «Durante mucho tiempo creí que sería viable derrocar el régimen irlandés por la clase obrera inglesa, la cual nunca logrará nada hasta que se haya librado de Irlanda. La presión debe aplicarse en Irlanda. Es por esa razón que la pregunta irlandesa es tan importante para el movimiento en general» (Marx y Engels, 1971:232). Es evidente, al igual que en su anterior análisis de la India, que la liberación de un pueblo colonizado proviene del movimiento socialista de la clase obrera central. El concepto de un derecho nacional a la autodeterminación no se aplicó de forma universal y con relación a Irlanda, sólo se tomó en cuenta por su influencia positiva en «el movimiento en general», es decir, se trató de una cuestión «particular». Empero, Irlanda representa un punto de inflexión para Marx que lo aleja de su anterior énfasis total en el desarrollo de una clase obrera industrial. Ahora aceptaba que el nacionalismo irlandés, su vertiente republicana en particular con su apoyo entre los pobres de las áreas rurales, podría desempeñar un papel vital en el surgimiento de la revolución en las «Islas Británicas».

En cuanto a su visión general de Irlanda, Marx siempre fue muy claro. Tal y como le escribió a Engels en 1869 «lo que ese país necesitaba era: 1. Autogobierno e independencia de Inglaterra. 2. Una revolución agraria. 3. Aranceles protectores contra Inglaterra» (Marx y Engels, 1971:385). Ello se lograría mediante una guerra de liberación nacional dirigida por el republicanismo irlandés, aun si el ala más conservadora se impusiera en la guerra civil que siguió en Irlanda. Para la mayor parte del mundo en desarrollo, el proteccionismo en la construcción de la producción industrial se había convertido en la sabiduría común en la década de 1930. Así, en el caso de Irlanda el apoyo de Marx al libre comercio encontró una excepción. En esencia, esto era lo que defendían los teóricos de la dependencia en la década de 1960 cuando se referían a la «desvinculación» (véase Amin, 1990). Lo anterior no significa que Marx considerara que existía un «modo de producción dependiente» en el que no se aplicaban las leyes del movimiento del capital, sino que reconocía explícitamente el impacto de la fuerza, la violencia y la dominación nacional en la creación de un orden capitalista global.

Cabe destacar que Marx y Engels se comprometieron con Irlanda en particular por medio de la política y su apoyo a la causa de la independencia nacional, tal vez por su influjo en la revolución en Gran Bretaña. En ese cálculo político pudieron haber sobrestimado el efecto de la independencia nacional irlandesa en la lucha de clases en Gran Bretaña; no obstante, la economía política de Irlanda que emprendieron resulta de gran interés dentro de la teoría marxista contemporánea del desarrollo.

La comprensión de Marx con respecto a la cuestión nacional en Irlanda fue, hasta cierto punto, una bisagra a través de la cual se convenció menos del papel «progresista» del capitalismo. En la última década de su vida se involucró estrechamente en la investigación sobre la comuna campesina rusa y en debates con los primeros «marxistas» de Rusia. Esto condujo a una ruptura epistemológica —oculta durante mucho tiempo por los guardianes soviéticos de los archivos— en la que Marx aceptó que la comuna no capitalista podía ser un peldaño hacia un futuro poscapitalista para Rusia. Más tarde, en efecto, la ortodoxia soviética impondría un esquema rígido de etapas históricas que conducían mecánicamente del feudalismo al capitalismo y de ahí al socialismo. Que la historia podía «saltarse etapas» fue un hallazgo que retornaría a la teoría marxista y daría forma a su teoría del subdesarrollo en el «neomarxismo» que fructificó en las décadas de 1960 y 1970.

Marx escribió por vez primera una «carta al editor Otechestvennye Zapiski», en respuesta a un artículo de 1877 titulado «Karl Marx ante el Tribunal del señor Zhukovskii», donde cuestionaba la aplicabilidad de su teoría acerca del desarrollo capitalista en Rusia. El autor, Mikhailovskii, había asumido de manera errónea que en la sección de El capital (volumen 1) acerca de «la llamada acumulación primitiva», Marx en realidad había ampliado una «teoría histórico-filosófica del Progreso Universal» (Shanin, 1983:57). En su carta, Marx fue muy enfático al afirmar que en ese capítulo «sólo pretendía trazar el camino por el que, en Europa occidental, el orden económico capitalista había surgido de las entrañas del orden económico feudal» (Shanin, 1983:135). Su «esbozo histórico» respecto al desarrollo capitalista en Europa occidental no podía malinterpretarse como una «teoría histórico-filosófica del curso general [del desarrollo] fatalmente impuesto a todos los pueblos, cualesquiera que sean las circunstancias históricas en que se encuentren» (Shanin, 1983:136). Así, para él, los patrones históricos del desarrollo de los modos de producción son una cuestión empírica y no una lógica, además no existe un modelo suprahistórico de progreso universal, según cierta teoría de desarrollo general.

En cuanto a la teoría de las etapas del desarrollo capitalista es un hecho que Marx dejó un legado ambiguo. En las décadas de 1850 y 1860 articuló lo que hoy se llamaría una teoría «por etapas» del desarrollo dentro de un marco evolucionista. La participación en los debates rusos de la década de 1870 condujeron a un determinado cambio en el paradigma. No había ninguna obligación para que Rusia siguiera el camino de Europa occidental, argumentaría ahora. El prefacio a la edición rusa de 1882 del Manifiesto Comunista no podría ser más claro:

¿Puede la obschina [comuna campesina] rusa pasar directamente a la forma comunista superior de propiedad comunal? ¿O debe transitar primero por el mismo proceso de disolución que marca el desarrollo histórico de Occidente? Hoy sólo hay una respuesta posible, si la revolución rusa se convierte en la señal para la revolución proletaria en Occidente (…) entonces la propiedad comunal campesina de la tierra en Rusia puede servir como punto de partida para el desarrollo comunista (Marx y Engels, 1973:139).

Es importante mencionar que Marx siguió muy de cerca los debates en Rusia a través de diferentes corresponsales, donde exploró en profundidad la naturaleza del sistema de tenencia ruso y la posibilidad de que pudiera actuar como un trampolín para una transición al socialismo.

Concerniente a los debates actuales sobre el desarrollo, observamos que escribió acerca de una «división internacional del trabajo» entre naciones, principalmente industrializadas y agrícolas. En términos generales prefiguraba la preocupación neomarxista de los 1970 por la «nueva división internacional del trabajo» (véase Fröbel et al., 1980). Adicionalmente, relativo a Irlanda, declararía de modo categórico que «la nación que esclaviza a otra no puede ser libre» (Marx y Engels, 1971:303), palabras que luego se apreciarían en el tercermundismo de la década de 1960. Declaraciones dispersas como éstas permitieron su apropiación por el emergente marxismo tercermundista de 1960, que se aferró a dichas sentencias y las sistematizó. Sin embargo, Marx no dio indicación alguna de que hubiera cambiado hacia lo que más tarde se conocería como tercermundismo, el cual consideraba que el principal motor de la revolución iba de la clase obrera industrial al campesinado del Norte al Sur, en términos actuales. Melotti captó este estado de ánimo en su Marx y el tercer mundo, ahí argumentaba que

en el mundo moderno [los llamados países subordinados] podrían construir el socialismo sin pasar por el capitalismo, el colectivismo burocrático o alguna forma similar de sociedad antagónica (…). Esto aplica particularmente a África, donde todavía existen importantes estructuras comunales que en un mundo diferente podrían esperar un gran futuro (…) El mismo argumento se aplica, en todo el mundo, como al avanzado por Marx el siglo pasado con respecto a Rusia (1977:12).

En síntesis, referente al volumen 1 de El capital, Marx tenía una visión clara del «desarrollo», tal como lo comprendemos ahora, incluso representa la única crítica completa de la economía política que él mismo publicó. Ahí sostiene, sin ambigüedades, que «el país más desarrollado industrialmente sólo muestra al menos desarrollado la imagen de su futuro» (1976:91). Aunque parecería ser un esquema abiertamente evolucionista, visto en su contexto, el aludido comentario aborda en específico a Europa y a la capacidad de Alemania para «igualarse» a Gran Bretaña. En realidad no se aplica al mundo colonial y, por tanto, Marx no puede ser visto como uno de los primeros defensores de las etapas de desarrollo económico de Walt Rostow (1960), quien propuso un conjunto universal de etapas por las que todas las sociedades deben atravesar para «evolucionar». Marx presagió algo similar a las teorías contemporáneas en torno a una división internacional de labor entre «Norte» y «Sur». En su opinión, el colonialismo y la colonización destruyen las industrias preexistentes y «surge una división internacional del trabajo, adaptada a las necesidades de los principales países industriales, que convierten una parte del globo en un campo de producción agrícola para abastecer a la otra parte, que sigue siendo un campo eminentemente industrial» (Marx, 1976:580). Es justo en comentarios como éste donde Marx puede considerarse precursor de ciertos temas de las teorías radicales del desarrollo global de la presente era.

Por último, es fundamental entender su concepción acerca del «desarrollo capitalista», si bien no fue un término que él mismo utilizara. Marx fue uno de los primeros analistas primitivos, y sigue siendo relevante, del auge del capitalismo y sus contradicciones inherentes. Concibió el capitalismo como un modo de producción que se extendería de manera ineludible por el orbe entero. A pesar de que no analizó en la misma medida los modos de producción no capitalista, ofrece algunas pistas para los estudiosos contemporáneos del desarrollo. Un tema dominante de lo que podría llamarse «Manifiesto marxista» es el dinamismo del capitalismo y su capacidad, incluso necesidad, de superar las barreras al desarrollo creadas por las sociedades precapitalistas tradicionales. Marx era muy consciente de las contradicciones del desarrollo capitalista y de cómo su naturaleza «progresista» no conduciría al desarrollo humano universal. Nos encontramos, entonces, con que el «nuevo» Marx, el que emerge ahora, frente a los textos de divulgación que hemos tenido hasta la fecha, tenía una visión nada simplista y unilineal del desarrollo.

El turno de Lenin

Lenin obraba en una situación muy distinta a la de Inglaterra y a la Revolución industrial, debido a que la Rusia prerrevolucionaria estaba relativamente atrasada en términos de desarrollo capitalista y, además, concebía el desarrollo desde una perspectiva diferente a la de Marx. A partir de la visión del Sur global es crucial comprender cómo percibía Lenin el desarrollo en ese contexto directo e inmediato. Sus primeros escritos económicos, poco conocidos (Lenin, 1967), se proponían analizar el desarrollo del capitalismo en Rusia, empresa pionera que mostraba su entendimiento de El capital de Marx. El principal objetivo político de Lenin era el movimiento Narodnik, que apoyaba la comuna rusa como trampolín hacia el socialismo; deseaba demostrar que el capitalismo creaba su propio mercado interno y no sufría de subconsumismo. Más tarde, tras la revolución de octubre de 1917, el leninismo se convertiría prácticamente en una ideología del desarrollismo, después de la asombrosa afirmación de su líder acerca de que el socialismo significaba simplemente «soviets + electrificación». Dicha tendencia se acentuó luego de su muerte en 1924 y la osificación de un «marxismo-lenismo» construido se convirtió en la ortodoxia mundial del movimiento comunista; no obstante, en los inicios del primer Lenin se advierte una aplicación creativa de Marx a la realidad del subdesarrollo en una región periférica. Asimismo, Lenin fue, en efecto, el gran divulgador de la teoría marxista del imperialismo a principios del siglo XX. Este nuevo enfoque de la economía mundial fue impulsado por la inminente Primera Guerra Mundial y la creciente competencia entre las potencias europeas por el reparto de África. Esa nueva forma de imperialismo, a diferencia del colonialismo, se consideraba la fase superior del capitalismo (Lenin, 1970). A pesar de que Lenin seguía valorando el papel del capitalismo progresista en el sentido de que disolvería los modos de producción precapitalistas o tradicionales, había indicios de que el imperialismo podría obstaculizar el desarrollo de las fuerzas de producción en el mundo no europeo. En particular, el Lenin del imperialismo indica una ruptura epistemológica en el marxismo cuando sostiene que «la división de las naciones en opresoras y oprimidas (…) constituye la esencia del imperialismo, y es eludida engañosamente por los socialchovinistas y Kautsky», que por aquel entonces se estaban estableciendo en la aceptación de la «utopía filistea de la competencia pacífica entre naciones independientes bajo el capitalismo» (Lenin, 1974:410). De tales debates surgiría la posterior teoría neomarxista del subdesarrollo, para la que existía una conexión causal directa entre el desarrollo capitalista en el centro y el subdesarrollo en la periferia. Hasta qué punto este segundo Lenin desplaza al primer Lenin del desarrollo del capitalismo es un aspecto a debatir.

En el imperialismo de Lenin hay un compromiso constante con la visión marxista clásica del desarrollo del capitalismo como progresista en términos históricos. Explica que «la exportación del capital influye y acelera en gran medida el desarrollo ulterior del capitalismo en aquellos países a los que se exporta (…) ampliando y profundizando el desarrollo del capitalismo en todo el mundo» (Lenin, 1970:718). En otra parte insiste en que «el capitalismo crece con la mayor rapidez en las colonias y en los países de ultramar» (Lenin, 1970:744). Donde se equivocó fue al centrarse en «la tendencia al estancamiento y a la decadencia, característica del monopolio» en los países originalmente industrializados. El parasitismo y la decadencia del capitalismo no eran, en efecto, el resultado del imperialismo sino el comienzo de una nueva fase dinámica para el capitalismo mundial. Fuera de Europa, Lenin sostenía con acierto que «el propio capitalismo proporciona gradualmente a los subyugados los medios y recursos para su emancipación» (Lenin, 1970:762), una causa que sería asumida por la Tercera Internacional.

El giro epistemológico hacia una nueva comprensión del desarrollo capitalista en el marxismo oficial, si es posible denominarlo así, ocurrió en el IV Congreso de la Comintern en las tesis sobre la cuestión colonial, donde se lee: «La explotación capitalista en cada país imperialista ha procedido por la vía del desarrollo de las fuerzas productivas. Las formas coloniales particulares de explotación capitalista, puestas en funcionamiento por la misma burguesía británica, francesa o cualquier otra, en última instancia obstaculizan el desarrollo de las fuerzas productivas de las colonias en cuestión» (Comintern, 1928:5 énfasis añadido). Así, por vez primera aparece la noción de que el desarrollo capitalista en la periferia seguiría una ruta diferente a la de los países originalmente industrializados, además se trataba de un modo de producción «específico», es decir, diferente. El imperialismo es visto como un signo de capitalismo en decadencia, su característica principal es una forma de parasitismo, y en el mundo colonial impone un «retraso artificial» del desarrollo capitalista. En su declaración más elocuente, la Comintern expresa que «toda la política económica del imperialismo en relación con las colonias está determinada por su empeño al preservar y aumentar su dependencia, profundizar su explotación y, en la medida de lo posible, impedir su desarrollo independiente» (Comintern, 1928:6).

Finalmente, el imperialismo de Lenin comenzó una tendencia en el marxismo alejada de la noción de que el capitalismo era históricamente progresista. Surgiría una teoría radical del subdesarrollo que consideraba el desarrollo y el subdesarrollo como dos caras de la misma moneda. La pregunta subyacente, tal como la formuló Anne Phillips, era «¿puede el capital promover el desarrollo o produce necesariamente subdesarrollo?» (1977:9). Esta interrogante surgió en la década de 1960, en parte como respuesta al largo auge de la posguerra en las sociedades industriales avanzadas. Se fundamentaba en los comentarios de Lenin acerca de una «aristocracia del trabajo» en el centro, la cual puede ser «comparada» por el imperialismo, de ahí que muchos marxistas desviaran la atención hacia el Tercer Mundo o lo que hoy se conocería como el Sur global. Si el capitalismo como modo de producción se estabiliza, y el conflicto capital-trabajo se atenúa por la prosperidad económica y el estado de bienestar, quizá podría discernirse una nueva contradicción entre capitalismo y desarrollo a escala mundial.

Neomarxismo y subdesarrollo

El desarrollo se convirtió en algo muy distinto de lo que Marx o Engels entendían. Samir Amin sería representativo de este nuevo neomarxismo del desarrollo que se cuestionaba esencialmente por qué la acumulación en la periferia no había conducido todavía al desarrollo de un capitalismo completamente autocéntrico (Amin, 2011). El desarrollo capitalista se redefinió como un proceso que sería «autocéntrico», que conduciría al desarrollo uniforme del capitalismo y a la satisfacción de todas las necesidades sociales. A partir de esa base, sería inevitable que cuando se midiera el desarrollo capitalista en la periferia resultara insuficiente. Lo que emerge «es un tipo ideal de ‹desarrollo capitalista normal› que sirve como una medida para reconocer el subdesarrollo» (Philipps 1977:11).

La afirmación de Geoffrey Kay, en su análisis marxista del desarrollo y el subdesarrollo, refleja un comentario anterior de Joan Robinson en torno a que «el capital creó el subdesarrollo, no porque explotara el mundo subdesarrollado, sino porque no lo explotó lo suficiente» (1975:X), iba a contracorriente cuando la hizo a mediados de la década de 1970. En realidad, se estaba elaborando una nueva sabiduría neomarxista que llevaba más lejos el giro de Lenin, o más bien de la Comintern, pues hacía ver la expansión capitalista como la causa del subdesarrollo en la periferia.

En el occidente de posguerra (que pronto se convertiría en el Norte), el marxismo tendía a convertirse en un neomarxismo a la altura del neocapitalismo, mismo que parecía haber superado la naturaleza en crisis del capitalismo y el ineludible sometimiento de la clase obrera. La «era dorada» del capitalismo demostraba un nuevo estado sólido con pleno empleo, fuertes disposiciones de bienestar y salarios crecientes. La planificación capitalista intentaba acabar con la anterior crítica marxista del capitalismo como anarquía no planificada. Los neomarxistas (para darles un nombre) se centraron más en el «primer Marx», que escribió sobre la alienación del trabajo y la noción de irracionalidad del capitalismo a través del despilfarro. Según argumenta Anne Philipps, articuló también una nueva teoría del «subdesarrollo» (frente al inexorable desarrollo capitalista) y «al momento de sugerir una contradicción entre capitalismo y desarrollo, abrió un nuevo espacio para la crítica del capital, a la vez que contribuyó a llenar la laguna creada por la reconciliación entre capital y trabajo en los países avanzados» (1997:9). El compromiso neomarxista con el desarrollo/subdesarrollo fue, hasta cierto punto, una respuesta a la inutilidad percibida del marxismo clásico en las sociedades industriales avanzadas.

La respuesta neomarxista a la teoría de la modernización que ahora representa la corriente principal del desarrollo de posguerra (por ejemplo, Rostow, 1960) fue, en esencia, ponerla de cabeza. Mientras que para uno los mecanismos de mercado conducían al desarrollo, para el otro creaban subdesarrollo. La burguesía nacional, por un lado, la considerada el motor del desarrollo; por el otro lado, una clase dependiente y débil. De igual modo, uno sostenía que la difusión de las innovaciones conduciría al desarrollo, el otro aseguraba que sólo profundizaría en el estancamiento y el atraso. La principal diferencia radicaba en si la integración con la economía mundial era positiva o no para el desarrollo. A la postre, la escuela neomarxista del subdesarrollo (véase Amin, 1990; Frank, 1998) acabó adoptando alguna variante de autarquía o desvinculación de la economía mundial como única forma de superar el subdesarrollo. Después de 1990, la estrategia conocida como globalización ni siquiera era una opción, incluso había demostrado ser estéril en la práctica donde se había intentado.

Desde la perspectiva del mundo anglosajón, el enfoque de la dependencia como crítica de la teoría de la modernización se relaciona a menudo con los escritos de André Gunder Frank (1966). Lo cierto es que este autor sólo estaba vagamente asociado con la escuela de la dependencia, tenía más en común con el enfoque de los sistemas mundiales (Wallerstein, 1979) que con el emergente. Aunque acuñó algunas de las frases más memorables de este periodo —como el «desarrollo del subdesarrollo»—, influyó más en su crítica de la teoría de la modernización que en el desarrollo de un paradigma alternativo de la dependencia. La concepción del desarrollo de Gunder Frank dependía en gran medida del marco neomarxista de Paul Baran (1957), quien no se basaba en el concepto de «plusvalía», sino en el «excedente potencial» que podía generar una sociedad racional. Si bien el capitalismo fue en su día un motor de crecimiento relativamente eficaz, ya no lo era tanto, y el socialismo podía, en teoría, ser más eficaz y maximizar el «excedente potencial».

La primera cuestión que me interesó al abordar la teoría de la dependencia en la década de 1970, fue lo mucho que reflejaba de la modernización que criticaba. Parecía simplemente darle la vuelta: la integración en la economía mundial es buena (no, es mala), la difusión de la tecnología crea desarrollo (no, crea subdesarrollo). No parecía que el objetivo final difiriera del de la modernización: alguna versión de la buena sociedad. Tiempo después pude interpretar este problema en términos de la noción de logo-centrismo de Derrida (1994), la cual se refiere a una tendencia occidental a imponer una jerarquía cuando se trata de oposiciones como tradición/modernidad. Concerniente a la teoría del desarrollo, nos ayuda a comprender, como indica Kate Manzo, que «incluso el discurso más radicalmente crítico se desliza con facilidad hacia la forma, la lógica y las postulaciones implícitas de lo que precisamente pretende impugnar» (1991:70). Así, la dependencia quedó atrapada dentro de un discurso modernista, circunstancia que limitó su horizonte de posibilidades.

El segundo efecto, bastante obvio, en el marco de la dependencia era su nacionalismo metodológico. Lo que se debatía era una estrategia nacional de desarrollo, dependiente o no. En su momento Francisco Weffort lo advirtió de esta manera en un debate con F.H. Cardoso (Weffort, 1971). Al plantear las relaciones de explotación como relaciones entre las naciones —los países ricos explotan a los países/colonias dependientes— la teoría se situaba de forma invariable en el terreno nacionalista. Si bien la teoría de la dependencia oscilaba entre un enfoque nacional y un enfoque de clase, se priorizaba al primero. Tampoco estaba claro qué lugar ocupaba la dependencia en la teoría marxista del imperialismo, øfue sólo un apéndice de Lenin que mencionó alguna vez la palabra dependencia? Con seguridad se trataba de una ruptura decisiva con el marxismo ortodoxo en América Latina, que recogía una tradición indígena de nacionalismo revolucionario encapsulada en el lema castrista «patria o muerte», que entonces formaba parte de la cultura general de la izquierda en América Latina.

¿Qué sigue?

Esta somera revisión de la genealogía combinada del marxismo y el «desarrollo» pone de manifiesto diversos aspectos. En primer lugar, el compromiso original de Marx era más complejo y contradictorio de lo que a veces se supone. No se convirtió en un teórico de la dependencia avant la lettre, expresado de ese modo, pero se abrió a través de su compromiso irlandés, y más sistemáticamente por su interés tardío en Rusia, a una visión menos lineal del desarrollo capitalista de lo que tenía en un principio. Lenin, por su parte, pasó de una comprensión bastante (incluso muy) ortodoxa del desarrollo capitalista en Rusia a operar una dependencia hacia una comprensión notablemente disímil del subdesarrollo como condición permanente, basada en su análisis superficial del imperialismo diseñado con fines políticos. Ello abrió el camino a una teoría neomarxista del desarrollo; justo en la era del imperialismo que consideraba que el capitalismo producía inevitablemente «subdesarrollo» en la «periferia» de la economía mundial, dominada por un centro conformado de países inicialmente industrializados.

La visión neomarxista del subdesarrollo nunca se evaluó en su totalidad por parte de los analistas críticos, una tarea que en mi opinión es necesaria si queremos desarrollar una comprensión marxista adecuada del desarrollo global en la actualidad. Reducir la globalización a la encarnación presente del imperialismo de Lenin tampoco sería lo más conveniente. Es preciso volver a Marx en su laboratorio político para determinar su cambio de perspectiva sobre el desarrollo capitalista y hasta qué punto lo hizo. Para mí, en cualquier caso, debe partirse de que sólo hay un capitalismo y que es su complejidad y contradicciones lo que tenemos que analizar en las diferentes regiones en lugar de apelar a una teoría genérica del subdesarrollo.

Referencias

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