Migración y Desarrollo, volumen 23, número 44, primer semestre 2025, es una publicación semestral editada por la Universidad Autónoma de Zacatecas «Francisco García Salinas», a través de la Unidad Académica de Estudios del Desarrollo, Jardín Juárez 147, colonia Centro, Zacatecas, C.P. 98000, Tel. (01492) 922 91 09, www.uaz.edu.mx, www.estudiosdeldesarrollo.net, revistamyd@estudiosdeldesarrollo.net. Editor responsable: Raúl Delgado Wise. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo Vía Red Cómputo No. 04-2015-060212200400-203. ISSN: 2448-7783, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de última actualización: Unidad Académica de Estudios del Desarrollo, Maximino Gerardo Luna Estrada, Campus Universitario II, avenida Preparatoria s/n, fraccionamiento Progreso, Zacatecas, C.P. 98065. Fecha de la última modificación, julio de 2025.

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https://doi.org/10.35533/myd.numero44

¿Transiciones o transformación? Socialismo, capitalismo y ecología desde una perspectiva polanyiana

Transitions or transformation? Socialism, capitalism and ecology from a polanyian perspective

Recibido 11/09/24 | Aceptado 1810/24

Ronaldo Munck*

* Irlandés. Docente investigador de la National University of Ireland, Irlanda. Correo-e: ronnie.munck@dcu.ie

 

Resumen. El presente artículo propone repensar los debates en torno a la actual «transición ecológica» retomando y reexaminando las transiciones clásicas al capitalismo y al socialismo, analizadas desde un marco teórico polanyiano. En contraposición a la teoría de la modernización y a los marxismos etapistas, se sostiene que las transiciones no constituyen pasajes lineales entre sistemas, sino luchas políticas recurrentes en torno a la mercantilización y protección de las «mercancías ficticias». A partir de los conceptos de Karl Polanyi de incrustación (embedding) y de doble movimiento, el artículo demuestra que el capitalismo emergió mediante una construcción de mercado coercitiva, mientras que el socialismo surgió a través de intentos de re-incrustación (re-embedding) que, frecuentemente, derivaron en formas burocráticas. Estos antecedentes permiten analizar de manera crítica las disputas contemporáneas sobre la mercantilización de la naturaleza en un momento en que el desenlace aún es incierto. Así, se recupera a Polanyi como un teórico de la transición sin teleología, capaz de unificar la economía política histórica y la contemporánea, con un enfoque en la transformación social como principio rector del análisis..

Palabras clave: transición, transformación, crisis ecológica, capitalismo, Polanyi.

Abstract. This article revisits and re-examines the classic transitions to capitalism and socialism from a Polanyian theoretical framework, in order to propose a rethinking of the debates surrounding the current «ecological transition». Contrary to modernisation theory and stage-based Marxisms, the article argues that transitions are not linear passages between systems, but rather recurring political struggles concerning the commodification and protection of «fictitious commodities». Drawing on Karl Polanyi’s concepts of embedding and double movement, the article demonstrates that capitalism emerged through the coercive construction of markets, while socialism arose through re-embedding attempts that often resulted in bureaucratic forms. This background enables a critical analysis of current disputes over the commodification of nature at a time when the outcome is still uncertain. In this way, Polanyi emerges as a theorist of transition without teleology, capable of unifying historical and contemporary political economy with social transformation as the guiding principle of analysis.

Keywords: transition, transformation, ecological crisis, capitalism, Polanyi.

 

Introducción: la problemática de Polanyi

La «transición» —del latín trānsitiō, que significa «un cruce», derivado de trānsit(us) (pasado a través de) y trānsīre (cruzar)— ocupa un lugar central en la economía política; sin embargo, sigue siendo un concepto inestable y mal definido. Por ejemplo, la denominada «transición energética» carece de una teorización sólida. La noción de transición se invoca habitualmente para explicar el surgimiento del capitalismo, la construcción y el colapso del socialismo, y las respuestas contemporáneas a la crisis ecológica. En estas literaturas, la transición suele ser abordada como un simple pasaje de un sistema a otro: del feudalismo al capitalismo, del capitalismo al socialismo, o del «capitalismo fósil» hacia una economía sustentable (Altvater, 2016). Pese a sus diferencias, los enfoques comparten una estructura teleológica en la que la transición se define por su punto de llegada (por ejemplo, Raskin et al., 2002) siguiendo una metodología que podría considerarse utópica.

El presente artículo cuestiona dicha estructura y el utopismo de los fines predefinidos. Se argumenta que las transiciones se comprenden mejor no como pasajes lineales, sino en tanto luchas motorizadas por crisis en torno a la institucionalización de la vida económica. La gran transformación, de Karl Polanyi (2004) provee la base conceptual para este replanteamiento. En lugar de tratar al capitalismo como una etapa natural o al socialismo como su sucesor necesario —según lo hizo el marxismo ortodoxo—, Polanyi conceptualiza los sistemas económicos como órdenes instituidos políticamente, cuya reproducción depende de una intervención continua y de la contención social.

La tesis central del artículo se desarrolla en tres líneas: primero, que la transición al capitalismo no fue evolutiva sino coercitiva, e implicó la mercantilización deliberada del trabajo, la tierra y el dinero. Segundo, que las transiciones socialistas intentaron la re-incrustación de la vida económica, pero frecuentemente reprodujeron la des-incrustación (desarraigada-disembedded) mediante la abstracción administrativa y el déficit democrático. Tercero, que las luchas ecológicas contemporáneas representan una nueva configuración del doble movimiento centrada en la naturaleza como mercancía ficticia, desplegándose bajo restricciones planetarias que impiden una resolución estable.

Al situar al capitalismo, al socialismo y a la ecología dentro de un mismo marco polanyiano, el artículo contribuye a una economía política crítica en dos sentidos. En términos conceptuales recupera a Polanyi como un teórico general de la transición y no meramente como un historiador del capitalismo del siglo XIX. En términos sustantivos demuestra por qué la transición climática no puede analizarse como una repetición de las transiciones anteriores, reproduciendo sus dinámicas estructurales subyacentes.

El punto de partida de Polanyi (1968) es engañosamente simple: las economías son siempre «procesos instituidos». La actividad económica no existe de forma independiente de las relaciones sociales, la autoridad política o las normas morales. La idea de un mercado autorregulado no es, por tanto, un mero concepto analítico, sino un proyecto político orientado a reorganizar la sociedad con respecto a los mecanismos de los precios. La sociedad de mercado requirió un acto de des-incrustación sin precedentes históricos. El trabajo, la tierra y el dinero (ninguno de los cuales es producido para la venta) debieron ser tratados como mercancías. Polanyi denominó a esos elementos «mercancías ficticias» para subrayar la violencia de su mercantilización (Ozel, 2024). Su sometimiento a la asignación de mercado generó inestabilidad, dislocación social y crisis política.

El concepto de «doble movimiento» captura la dinámica de la mercantilización que expande el alcance del mercado, por un lado; y por otro, la sociedad que busca protección contra los efectos destructivos de dicha expansión. En esencia, no se trata de un proceso secuencial en el que la protección sigue a la mercantilización, sino de una dinámica contradictoria y permanente, interna a la propia sociedad de mercado (Block y Summers, 2014).

Así, el marco teórico de Polanyi contrasta marcadamente con la teoría de la modernización, que trata a la transición como una convergencia hacia la racionalidad de mercado, y con la «transitología» democrática en América Latina, que abstrae el cambio institucional del conflicto social (O’Donnell y Schmitter, 1986). Asimismo, diverge de la teleología marxista al rechazar la idea de que el capitalismo representa una etapa histórica necesaria en camino hacia el socialismo. Si bien comparte con Marx el énfasis en la especificidad histórica, Polanyi otorga un peso mayor a las instituciones políticas y a la protección social que a las leyes inmanentes de la acumulación de capital (Dale, 2010).

Desde una perspectiva polanyiana la transición no se define por un destino predefinido, sino por la constante lucha a favor de la transformación social. La pregunta no es qué sistema sigue al capitalismo, en contraposición, cómo las sociedades intentan gobernar las mercancías ficticias bajo condiciones de crisis. Semejante concepción no teleológica constituye la base del análisis comparativo que se desarrolla a continuación, siguiendo la línea de Gudynas (2025).

La transición al socialismo: la re-incrustación 

La «transición al socialismo» fue alguna vez concebida por el marxismo oficial como un trayecto lineal y teleológico: un movimiento predecible, incluso mecánico, desde la «anarquía del mercado» hacia la «coordinación consciente» de la economía en función de las necesidades sociales. A medida que el siglo XXI se enfrenta a la amenaza existencial del colapso climático, este debate se ha revitalizado de manera radical. La transición ya no es sólo una cuestión de propiedad de clase, es una cuestión de supervivencia metabólica.

Al sintetizar las teorías de Karl Polanyi sobre la «incrustación social» con las críticas marxistas y las exigencias ecológicas contemporáneas, es posible observar que el proyecto socialista no es tanto un destino fijo, se trata de un proceso disputado para sustraer la vida humana y el medio ambiente de la trayectoria destructiva del mercado. Aquí se indaga si la transición al socialismo representa una auténtica «re-incrustación» de la economía o es meramente un «desplazamiento burocrático» de la alienación capitalista, y cómo una transición verdaderamente ecológica —en específico en el contexto latinoamericano— podría al fin lograr lo primero.

La obra fundamental de Polanyi, La gran transformación (1944), postula que el capitalismo se caracteriza por la «des-incrustación»: el intento de tratar al trabajo, la tierra y el dinero como «mercancías ficticias». Según Polanyi, cuando el mercado se vuelve demasiado destructivo para el tejido social, la sociedad reacciona de modo instintivo para protegerse, un proceso denominado «doble movimiento». El socialismo emergió como el principal «contramovimiento» frente al capitalismo industrial. Su impulso central fue reintegrar el trabajo (la vida humana) y la tierra (el ambiente) bajo el control social. Políticas referentes a la salud universal, a los sindicatos y a la propiedad pública fueron intentos de reincorporar la economía a las relaciones sociales, lo que garantizaba que la supervivencia no estuviera dictada exclusivamente por el mecanismo de precios.

El desplazamiento burocrático

Aunque el socialismo histórico intentó frenar la «des-incrustación del mercado», a menudo cayó en una «des-incrustación burocrática». En lugar de que la vida estuviera regida por los precios de mercado, pasó a estar regida por jerarquías estatales rígidas. En las economías de planificación centralizada, el trabajo fue formalmente desmercantilizado a través del empleo garantizado; no obstante, el control se desplazó del mercado al mando burocrático. El análisis de Janos Kornai sobre la «economía de la escasez» (1992) demuestra cómo esta planificación vertical generó nuevas formas de alienación e ineficiencia. El elemento humano seguía siendo gestionado desde «afuera», sólo que, por un planificador central en lugar de una señal de precios, de forma que se fallaba en el intento de re-incrustar la economía de una manera democrática y comunitaria.

Kornai (1992) nos ayuda a superar los binarismos simples de «mercado versus plan»: el «monopolio del poder» crea un adn económico específico. Explica cómo el deseo del Estado de mantener el control nacional conduce a una relación «paternalista» con las empresas, raíz de la ineficiencia sistémica. Lo que él denomina la restricción presupuestaria blanda (soft budget constraint) explica por qué las industrias nacionalizadas no responden a las señales de precios. El Estado, actuando como un protector polanyiano, no puede permitir que una empresa nacional muera. Este «paternalismo» asegura la estabilidad social, al tiempo que garantiza que el problema del «cálculo» identificado por Mises nunca se resuelva. Básicamente, Kornai evidencia que no se puede simplemente «injertar» un mercado en un régimen de propiedad estatal; la lógica de control nacional siempre priorizará la estabilidad política sobre la eficiencia económica.

Kornai sugiere que el fracaso de la construcción nacional socialista se debió únicamente, además de presiones «externas» del sistema-mundo, a una lógica interna de escasez inherente a las relaciones de propiedad estatales. Mientras que Polanyi ve la función «protectora» del Estado como algo positivo (desmercantilización), Kornai constata el «lado oscuro» de esta protección. La restricción presupuestaria blanda es, en esencia, una medida «protectora» que termina paralizando la capacidad de innovación de la economía. El sistema industrial resultante es tan ineficiente y propenso a la escasez que eventualmente consume todo el excedente sólo para sobrevivir.

El debate sobre la industrialización de la década de 1920

Los debates teóricos de los 1920 (específicamente en la Unión Soviética) representaron el primer gran «caso testigo» para estas teorías. Como documentó Alexander Erlich (1960), el Estado enfrentó una «trampa» estructural conocida como la Tijera de Precios: una brecha divergente entre los altos precios industriales y los bajos precios agrícolas. Preobrazhensky (1978) desarrolló el concepto de «Acumulación Socialista Primitiva» y argumentó que el Estado debía abrir deliberadamente las «tijeras» para «bombear» excedente del campesinado y financiar la base industrial nacional. Este fue un proceso de mercantilización forzada del sector rural en favor del proyecto nacional urbano. Erlich identifica el dilema central de esta era: «La tarea no era simplemente aumentar la tasa de inversión; era cambiar toda la estructura de la economía (…) Era una cuestión de la capacidad del Estado para forzar un cambio de una base agraria de baja productividad a una industrial de alta productividad antes de que el tejido social se desmoronara» (Erlich, 1960:56).

Quizá el intérprete moderno más provocador de la década de 1920 soviética sería Andreas Malm (2021), quien, ante el colapso climático, invoca la era del «Comunismo de Guerra» (19181921). Sostiene que la crisis climática no es una tendencia gradual sino una «emergencia crónica» que requiere un «leninismo ecológico». Así como el Estado soviético puenteó los mercados para redireccionar recursos hacia la supervivencia, Malm sugiere que los Estados modernos deben desmantelar por la fuerza la infraestructura de combustibles fósiles, independientemente de su rentabilidad. Esta mentalidad de «planificación de emergencia» precibe la transición no como un cambio de mercado gradual, sino como un desmantelamiento rápido y estatal del «capital fósil». Los críticos aducen que los experimentos de la década de 1920 estuvieron definidos por el autoritarismo, el trabajo militarizado y un impulso «productivista» ambientalmente destructivo.

El debate del cálculo económico

Si el Estado «desmercantiliza» la economía, enfrenta el problema del cálculo. Entre las décadas de 1920 y 1960 ardió un debate sobre si un Estado podía gestionar racionalmente los recursos sin precios de mercado. La crítica de Mises-Hayek (Mises, 2020) sostenía que, sin precios, el Estado «tantea en la oscuridad». Los planificadores centrales nunca podrían poseer el conocimiento disperso de millones de ciudadanos. En respuesta al estancamiento, los reformadores de los 1960 intentaron introducir el socialismo de mercado (Brus, 1977). Buscaban un híbrido donde el Estado fuera el propietario, pero utilizara señales de mercado para la eficiencia.

La década de 1960 representó una crisis de mediana edad crucial para la economía de mando de estilo soviético. A medida que el rápido crecimiento de la reconstrucción de posguerra se diluía en la ineficiencia sistémica, economistas influyentes del bloque del Este propusieron una síntesis radical. Argumentaron que el beneficio —y no sólo el cumplimiento de cuotas de producción bruta— debería ser el principal indicador del éxito empresarial. Brus (1977) enfatizó que, para que una economía socialista fuera racional, necesitaba una «ley del valor» (precios de mercado) operativa para guiar la inversión.

En cuanto a los debates actuales sobre la planificación democrática (Durand et al., 2024) el decrecimiento podría ser una realidad. Hay requisitos y desafíos específicos que surgen para la planificación en el contexto del decrecimiento. Empero, la intersección entre decrecimiento/poscrecimiento y planificación es clave para diseñar un proceso de planificación democrática dentro de límites ecológicos. En el contexto de la crisis ecológica, cabe notar que uno de los mayores obstáculos en el «debate del cálculo» fue el problema de la información. Hoy, este debate se transforma mediante la revalorización del «ciber-socialismo».

En América Latina, el precursor más famoso es el Proyecto Cybersyn de Salvador Allende. A principios de los 1970, Chile intentó construir un sistema computarizado en tiempo real para gestionar el sector socializado de la economía. A diferencia de la planificación central soviética, Cybersyn fue diseñado para ser descentralizado, respetando la autonomía de las fábricas individuales, mientras proveía al Estado los datos necesarios para la coordinación.

Los ecosocialistas modernos sostienen que hoy poseemos el poder computacional para realizar una «planificación no monetaria». En lugar de rastrear el valor en dólares, podemos rastrearlo en unidades físicas: el análisis de insumo-producto utiliza registros digitales para monitorear el flujo de materiales (litio, agua, energía) en tiempo real. La asignación algorítmica optimiza los recursos para satisfacer necesidades sociales dentro de los «límites planetarios». Las plataformas de democracia directa permiten una «planificación participativa», donde las comunidades votan prioridades de inversión, al puentear al mercado y a la alta burocracia.

Por qué fracasó el socialismo de mercado

Las reformas de los 1960 chocaron finalmente con el «techo de vidrio» de la realidad política. Si las señales de mercado —y no el Partido— decidían qué fábricas tenían éxito o fracasaban, el Partido Comunista perdería sus «puestos de mando» sobre la sociedad. La «Primavera de Praga» de 1968 significó que, cuando las reformas económicas de Ota Šik en Checoslovaquia comenzaron a converger con demandas de democratización política, la Unión Soviética respondió con tanques. Esto puso fin a la era de experimentación económica radical en el bloque. La transición a precios de mercado también implicaba terminar con los fuertes subsidios estatales, lo que provocaría aumentos inmediatos en el pan y el alquiler, una medida que la mayoría de los líderes temía que desatara revueltas.

Aunque reprimidas en la década de 1970 (la «era del estancamiento»), estas ideas no desaparecieron. Proveyeron el diseño intelectual para la Perestroika de Gorbachov en los 1980 e influyeron fuertemente en el modelo de reforma económica chino bajo Deng Xiaoping, que implementó con éxito la «economía socialista de mercado» que los reformadores de los 1960 sólo habían soñado (Sweezy y Bettelheim, 1972). Ello no quiere decir, por supuesto, que estos regímenes tuvieran algo en común con el socialismo democrático defendido por Marx y los primeros comunistas.

El «socialismo real» y la ecología

Una paradoja central del siglo XX es que muchos estados socialistas, aunque en teoría liberados del afán de lucro, fueron a menudo tan destructivos ecológicamente como sus contrapartes capitalistas. Existía una fuerte lógica «productivista». Tras la Revolución de 1917, la Unión Soviética enfrentó una presión geopolítica extrema. Esto dio a luz a una ideología donde el éxito del socialismo se medía por superar la producción del capitalismo. Como argumenta Michael Lebowitz en Las contradicciones del «socialismo real» (2015), esos estados priorizaron las metas de producción sobre el «ser humano socialista» y el medio ambiente. La naturaleza era vista meramente como un «regalo gratuito» que debía ser conquistado para demostrar la superioridad del sistema.

Hubo también una falta de circuitos de retroalimentación democrática. En los estados socialistas burocráticos, la ausencia de mecanismos de autoprotección democrática fue decisiva. Sin una prensa libre o grupos ambientales independientes, el Estado pudo ignorar la «falla metabólica» que estaba creando hasta alcanzar un punto de catástrofe. En lugar de desarrollar una «tecnología socialista» basada en la armonía con la naturaleza, tales estados con frecuencia importaron los modelos industriales pesados de Occidente, adoptaron los medios del capitalismo y cambiaron sólo la titularidad de la propiedad.

Conclusión

La transición al socialismo no es una marcha lineal hacia una utopía gestionada por el Estado; es un proceso desprolijo y disputado de recuperación de la tierra y el trabajo de un sistema que los percibe como insumos para el lucro. El fracaso del socialismo del siglo XX fue su tendencia hacia el desplazamiento burocrático, donde el Estado se convirtió en un nuevo gestor «externo» de la vida humana. Al reemplazar la señal de precios por la señal social y democrática y al utilizar herramientas digitales modernas para respetar los límites metabólicos, es posible re-incrustar la economía humana dentro de la biósfera.

Para América Latina lo que está en juego es existencial. Una transición exitosa debe complementar las lecciones de los 1920 con un compromiso decolonial con la equidad global. La perspectiva decolonial propone que, aunque las administraciones coloniales terminaron, las estructuras de poder, saber y ser siguen dominadas por una lógica eurocéntrica. En América Latina lo anterior se traduce en una desigualdad profunda que no es accidental, sino heredada. Debemos entender que la pobreza en la región tiene raíces históricas ligadas al racismo y al extractivismo. La decolonialidad nos invita a crear soluciones propias («desde el sur») para problemas que los modelos externos no han podido resolver. No podemos cambiar el presente si seguimos mirando nuestro futuro a través del espejo del pasado de otros.

Transición al capitalismo: la des-incrustación

El histórico debate sobre la transición al capitalismo —asociado clásicamente a la controversia Dobb-Sweezy (Hilton, 1978) y, posteriormente, reformulado a través del debate Brenner (Aston y Philpin, 1978)— se ha tratado como una disputa arcana sobre las estructuras agrarias medievales europeas. No obstante, su importancia perdurable reside en otro punto. Lo que está en juego es el problema de la desnaturalización histórica: si el capitalismo emergió como una expresión espontánea de las propensiones humanas al intercambio, o si fue forjado mediante relaciones históricamente específicas de coerción, propiedad y poder estatal. Esta distinción no sólo es historiográfica; incide directamente en los debates contemporáneos sobre la transición ecológica.

Si el capitalismo tuvo un origen histórico determinado, se deduce que no es ni inevitable ni eterno. El debate sobre la transición funciona así como una palanca conceptual para repensar la aparente inevitabilidad del colapso ecológico. Al demostrar que el capitalismo fue «construido» —mediante el cercamiento, el despojo y la institucionalización de la dependencia del mercado— se abre el espacio analítico para considerar cómo podría ser «desarmado» (véase Wood, 2004). En ese sentido, este debate funciona como un laboratorio para comprender la ruptura sistémica, ofrece recursos críticos para pensar más allá de las respuestas al cambio climático lideradas por el mercado.

El debate entre Paul Sweezy y Robert Brenner define nuestra comprensión del mundo moderno. La perspectiva «externalista» de Sweezy declara que el capitalismo fue impulsado por la expansión del comercio global. Los Estados se construyeron como herramientas para navegar la jerarquía «centro-periferia» del sistema-mundo, gestionar el intercambio y prevenir la «periferización» por parte del capital extranjero. Por otro lado, la perspectiva «internalista» de Brenner argumenta que el comercio existió durante milenios sin crear Estados nación. Siguiendo a Brenner, esta escuela se enfoca en las relaciones sociales de propiedad.

Si Brenner (1977) explica la imposición del mercado, Karl Polanyi explica la reacción ante el mismo. En La gran transformación (1944) Polanyi afirma que considerar al trabajo, la tierra y el dinero como «mercancías ficticias» destruiría a la sociedad. A medida que el mercado se expande (mercantilización), la sociedad reacciona inevitablemente para protegerse (desmercantilización). El Estado nación es el vehículo principal de este contramovimiento protector. Por medio de la educación nacional, la salud y las leyes laborales, el Estado «re-incrusta» la economía dentro de los límites sociales. Al proporcionar un «salario social», el Estado garantiza que la supervivencia de la ciudadanía no dependa únicamente de su valor como mercancía.

En el centro del argumento de Polanyi se encuentra el concepto de mercancías ficticias: tierra, trabajo y dinero. Éstas no se producen para la venta, pero el capitalismo exige que se las trate como si fueran mercancías. La tierra es naturaleza, el trabajo es actividad humana y el dinero es una relación social de crédito y confianza. Someterlas a la asignación del mercado produce necesariamente una dislocación social y ecológica.

Esta perspectiva histórica tiene una relevancia ecológica directa. Tratar a la tierra como una mercancía la abstrae de los límites ecológicos y del uso social, provoca que la naturaleza sea legible principalmente como portadora de valor de cambio. Los mercados ambientales contemporáneos (comercio de carbono, compensaciones de biodiversidad, servicios ecosistémicos) reproducen esta lógica al extender la mercantilización más profundamente en los sistemas ecológicos en lugar de revertirla (Stuart et al., 2019).

El modelo de comercialización 

La narrativa liberal dominante sobre el surgimiento del capitalismo descansa en el modelo «neo-Smithiano». Según esta visión, el capitalismo emergió gradualmente a medida que el comercio se expandía y las restricciones feudales retrocedían. Brenner desafió de modo decisivo este relato, argumentaba que los mercados habían existido en múltiples civilizaciones (Mesopotamia, Roma, la China Ming) sin generar la dinámica distintiva de acumulación sistemática y crecimiento de la productividad que define al capitalismo.

El capitalismo, por el contrario, surge sólo cuando los productores son separados de sus medios de subsistencia y se ven obligados a reproducirse a través del intercambio mercantil. Una vez que el acceso a la tierra o a las herramientas está mediado por relaciones de propiedad, la supervivencia misma se vuelve contingente a la competitividad. El mercado deja de ser una oportunidad y se convierte en un imperativo. Esta compulsión impulsa la innovación y la acumulación, no por espíritu emprendedor, sino porque el fracaso en hacerlo resulta en el despojo.

Esa lógica coercitiva es fundamental para entender la trayectoria ecológica del capitalismo. El imperativo de competir genera un sesgo estructural hacia el crecimiento y la intensificación del flujo de recursos. La degradación ecológica no es una externalidad accidental, sino una consecuencia endógena de la dependencia del mercado.

Mercancías ficticias 

Donde Brenner prioriza las relaciones de clase, Polanyi aporta un análisis institucional acerca de cómo se construyó históricamente esa dependencia. El proceso que Polanyi llama «des-incrustación» implicó la separación forzosa de la actividad económica de la regulación social y moral. En Inglaterra esto tomó la forma concreta del movimiento de los cercamientos (enclosures). A través de actas parlamentarias, las tierras comunales fueron cercadas, los derechos consuetudinarios extinguidos y los campesinos transformados en trabajadores asalariados. El mercado no los liberó; los disciplinó.

Esta visión histórica tiene relevancia ecológica directa. Tratar a la tierra como una mercancía la abstrae de los límites ecológicos, vuelve a la naturaleza legible primordialmente como portadora de valor de cambio. Los mercados ambientales contemporáneos (bonos de carbono, compensaciones de biodiversidad) reproducen esta lógica al extender la mercantilización hacia lo profundo de los sistemas ecológicos en lugar de revertirla (Beck et al., 2018; Stuart et al., 2019).

De los cercamientos agrarios a los «cercamientos verdes»

Un proceso estructuralmente análogo es visible hoy en el green grabbing (acaparamiento verde): la apropiación de tierras y recursos con fines ambientales, como la conservación o proyectos de energía renovable (Fairhead et al., 2012). Aunque se enmarcan en términos ecológicos, estos proyectos con frecuencia despojan a comunidades indígenas y campesinas, además convierten paisajes habitados en activos negociables.

El paralelo no es solamente retórico. Los cercamientos de la modernidad temprana se justificaban bajo el lenguaje de la «mejora»; los cercamientos verdes contemporáneos se justifican bajo el lenguaje de la «sustentabilidad». En ambos casos, el resultado es el mismo: la ruptura de las relaciones sociales con la tierra para integrar a la naturaleza más plenamente en los circuitos de acumulación.

La dimensión periférica

El debate sobre la transición adquiere una complejidad adicional al aplicarse al Sur global. André Gunder Frank argumentó que la incorporación al comercio mundial era suficiente para volver capitalistas a las sociedades; sin embargo, Ernesto Laclau (1973) sostuvo que éste se enfocaba de manera errónea en las relaciones de intercambio y no en las de producción. El debate en América Latina sobre los modos de producción fue mucho más rico que los esquemas de Frank que realmente sólo repetía las ideas de Sweezy, pero en forma muy simplificada (Stephens, 2018). 

Luego en Capitalismo tardío, Cardoso de Mello (1982) explicó que el capitalismo brasileño surgió gracias a la maduración interna de las relaciones sociales capitalistas, no simplemente por imposición imperial. Ello tiene implicancias ecológicas clave: la deforestación en la Amazonia, por ejemplo, no puede dilucidarse sólo por la demanda externa; es impulsada por el capital agroindustrial doméstico bajo sus propios imperativos competitivos. Una transición ecológica en la periferia requiere también una transformación interna de las relaciones de propiedad.

Conclusión

El aludido debate demuestra que los mercados no son mecanismos neutrales, son sistemas de coerción construidos históricamente. Por ende, una transición ecológica no puede lograrse sólo mediante señales de precios o incentivos de mercado. Requiere desmercantilización, es decir, re-incrustar el trabajo, la tierra y la energía dentro de las relaciones sociales y ecológicas.

Esto conlleva tres implicancias. Primero, la transición es inherentemente política y supone luchas por la propiedad y el poder en un proceso de transformación social. Segundo, la regulación sin transformación es insuficiente; el imperativo del mercado debe ser desmantelado. Tercero, el Estado —que alguna vez fue el arquitecto del des-incrustación— debe convertirse en el arquitecto de la re-incrustación. La lucha por la justicia climática es, por tanto, inseparable de la lucha por la transformación relaciones sociales que gobiernan la producción, la reproducción y la naturaleza misma.

Transición ecológica: el doble movimiento

Para mí La gran transformación, de Polanyi, ofrece una poderosa lente para criticar el discurso contemporáneo en torno de la transición al carbono. En su esencia, la transición hacia un mundo libre de carbono se presenta como un intento de re-incrustar los sistemas energéticos dentro de los mecanismos de mercado —mercados de carbono, compensaciones, finanzas verdes— bajo la premisa de corregir las «fallas de mercado». Desde una perspectiva polanyiana, esta estrategia intensifica, en lugar de resolver, las contradicciones de la sociedad de mercado.

Polanyi arguyó célebremente que la tierra, el trabajo y el dinero son «mercancías ficticias»: no son producidas para la venta, pero son tratadas como tales bajo el capitalismo. La gobernanza climática extiende esta lógica al convertir la atmósfera y los sumideros de carbono en activos negociables. Los esquemas de comercio de emisiones representan lo que podemos describir como una mercantilización ficticia de segundo orden, en la que no únicamente se le pone precio a la naturaleza, sino a la capacidad de los ecosistemas para absorber carbono (Lohmann, 2012; Carton, 2020).

En lugar de desmercantilizar la naturaleza, las estrategias dominantes profundizan la dependencia del mercado. Polanyi advirtió que tales movimientos provocan dislocaciones sociales y ecológicas, activan contramovimientos en los que las sociedades intentan protegerse de los excesos del mercado. Las resistencias actuales a los mercados de carbono y al extractivismo verde (Dunlap y Jakobsen, 2020) pueden leerse precisamente como contramovimientos polanyianos.

El concepto de «doble movimiento» es en especial relevante hoy día. Mientras las élites promueven una mayor mercantilización, los movimientos sociales (la resistencia indígena a la minería verde, la oposición sindical a la reestructuración energética injusta y el activismo del decrecimiento) rechazan los costos sociales de la descarbonización. Empero, a diferencia del relato histórico de Polanyi, los contramovimientos actuales están fragmentados y a menudo son cooptados por marcos tecnocráticos como la «transición justa» sin alterar las dinámicas de acumulación subyacentes.

Planificación y democracia

La defensa de la planificación en Polanyi no era tecnocrática sino explícitamente democrática. Distinguía entre la planificación autoritaria y la social arraigada en el control colectivo de la vida económica. Tal distinción se pierde a menudo en los debates climáticos actuales, en los que la planificación se reduce a modelos de expertos y coordinación corporativa-estatal (Devine, 2010).

Una crítica polanyiana se alinea con los reclamos de planificación energética democrática, propiedad pública de los servicios y desmercantilización de la energía, la tierra y el trabajo de cuidados. El cambio climático representa la manifestación más aguda de la tierra como mercancía ficticia: la naturaleza ha sido tratada sistemáticamente como un insumo de producción y no como una condición de la vida social. Desde esa óptica, la crisis climática no es una falla, sino un éxito del mercado.

Un mapa de la transición: la matriz polanyiana

Con la intención de guiar el análisis de la multiplicidad de voces sobre la «transición verde», propongo una red de previsión estratégica basada en dos ejes de tensión: un eje horizontal Mercado versus Sociedad y un eje vertical Norte versus Sur. Esto permite proyectar cuatro escenarios estilizados que representan tensiones fundamentales entre poder económico, gobernanza social y ubicación geopolítica.

Figura 1
Cuadrícula de previsión espacial/polanyiana

Lo que este diamante básico representa es el cruce entre dos conjuntos de tensiones que tiran en direcciones opuestas: un eje horizontal que contrapone mercado versus sociedad (en términos polanyianos) y una división vertical entre el Norte y el Sur. Estos campos de fuerza entrelazados, representados aquí de forma esquemática, hace factible establecer cuatro escenarios estilizados como punto de partida para una reflexión más profunda.

En forma paralela, Klein (2024) propone una nueva doble transformación para mitigar la catástrofe ambiental, evitar la guerra y superar la pobreza y el autoritarismo: por un lado, una lucha por cambios democráticos (orientados a la paz), sociales y ecológicos dentro del marco de una sociedad posneoliberal (aunque todavía capitalista); y por otro, un impulso hacia proyectos de base dirigidos a una «gran transformación» más allá del capitalismo. Cabe agregar que la fuente última de «transformación» es el verbo latino transformare, de trans– (a través de, más allá) + formare (formar), que en el latín tardío evolucionó al sustantivo transformātiō (cambio de forma). Entonces, los cuadrantes serían los siguientes.

1. Desarrollo sustentable

Situado en términos espaciales dentro del campo gravitacional del Sur global y, en términos del «doble movimiento» de Polanyi, dentro del ámbito del mercado, este concepto resulta sumamente lábil. El informe Brundtland (WCED, 1987) define el desarrollo sostenible como aquel «desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades». Sus postulados principales se desglosan en tres «pilares» fundacionales y diversos principios éticos esenciales. La verdadera sostenibilidad ocurre únicamente en la intersección de esas tres esferas; si una de ellas está ausente, el sistema se considera inestable.

Sostenibilidad ambiental. Consiste en la gestión de los recursos naturales de modo que puedan regenerarse. Esto incluye la protección de la biodiversidad, la reducción de las emisiones de carbono y la garantía de que la producción de residuos no exceda la «capacidad de asimilación» de la Tierra.

Sostenibilidad social. Se refiere al fomento de la equidad, la justicia y los derechos humanos. Se centra en el «capital social», lo que garantiza que la población tenga acceso a la educación, la salud y prácticas laborales justas, y que el desarrollo no beneficie a un grupo a expensas de otro.

Sostenibilidad económica. Implica el mantenimiento de una economía estable y viable capaz de sustentar los objetivos sociales y ambientales.

El enfoque de los BRICS respecto a la sostenibilidad evolucionó como una reacción a la gobernanza global liderada por Occidente. La creación del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) proporcionó una alternativa al Banco Mundial (BM); su mandato específico es financiar «proyectos de infraestructura y desarrollo sostenible». En la Cumbre de Kazán de 2024, los brics reafirmaron su compromiso con la Agenda 2030 de la ONU, pero condenaron en específico las «medidas coercitivas unilaterales» (sanciones) y el «proteccionismo verde» (como los impuestos al carbono sobre las importaciones) por considerarlos barreras para el desarrollo sostenible. En el periodo 20252026, el enfoque se ha desplazado hacia la «Cooperación Sur-Sur Verde», en la que los miembros de los BRICS intercambian tecnología renovable (como los vehículos eléctricos chinos y la energía solar india) entre sí en aras de reducir la dependencia de las patentes y el capital occidentales.

No obstante, el modelo de desarrollo sostenible de los brics enfrenta críticas significativas. El bloque alberga tanto a los mayores inversores mundiales en energía renovable (China e India) como a algunos de los mayores productores de petróleo y gas del mundo (Rusia, Irán y Arabia Saudita, aunque el estatus de membresía de este último ha sido matizado). Tal situación genera un conflicto interno entre el objetivo de la «descarbonización» y la realidad económica de la «seguridad energética». Si bien las declaraciones de los BRICS son ambiciosas, el progreso real es desigual: China lidera en tecnología verde, pero sigue siendo el mayor consumidor de carbón del mundo; Brasil lucha por equilibrar la expansión agrícola (esencial para su producto interno bruto, PIB) con la protección de la selva amazónica; y Sudáfrica enfrenta una severa crisis energética que dificulta política y económicamente la transición para abandonar el carbón.

2. Capitalismo verde: lucro, naturaleza y mercado

Este escenario se sitúa en el cuadrante superior izquierdo, tensionado entre el mercado y el Norte global dentro de la dialéctica socioespacial establecida. El capitalismo verde es la propuesta ideológica y económica que sostiene que el sistema capitalista puede —y debe— ser el motor fundamental en la resolución de la crisis ambiental. A diferencia de los movimientos ecológicos más radicales que exigen una reestructuración total de la economía global, el capitalismo verde argumenta que la «mano invisible» del mercado puede tener un «pulgar verde» (véanse Böhm et al., 2012; Kenis y Lievens, 2016).

El capitalismo verde es un modelo económico que pretende alinear la búsqueda de beneficios con la protección del medio ambiente. Su mecanismo central es la internalización de las externalidades. En el capitalismo «gris» tradicional, la contaminación y el agotamiento de los recursos se tratan como «externalidades»: costos asumidos por la sociedad o la naturaleza en lugar del productor. El capitalismo verde utiliza herramientas de mercado para asignar un precio a dichos costos, transformando la naturaleza en «capital natural». Entre sus instrumentos clave se encuentran:

Mercados de carbono. Establecimiento de un límite a las emisiones y autorización para que las empresas compren y vendan permisos.

Servicios ecosistémicos. Pagos a propietarios de tierras o naciones con la finalidad de mantener bosques o humedales por sus «servicios» de purificación de agua o secuestro de carbono.

Inversión ASG (ambiental, social y de gobernanza). Integración de estos criterios en los mercados financieros con miras a orientar el capital hacia empresas «verdes».

La historia del capitalismo verde es el relato de la absorción del ecologismo por la lógica del mercado:

Década de 1980. Ambientalismo de mercado. El concepto cobró impulso durante la era neoliberal como una alternativa a la regulación gubernamental de «mando y control». David Pearce, en Blueprint for a green economy (1989), arguyó que el valor ambiental debía reflejarse en el precio de los bienes.

Década de 1990. La narrativa «ganar-ganar» de Río. La Cumbre de la Tierra de 1992 popularizó la idea de que el crecimiento económico y la protección ambiental podían ser complementarios. Esto condujo al Protocolo de Kioto (1997), el cual estableció los primeros mercados globales de carbono.

1999. Capitalismo natural. Paul Hawken et al. (1999) publicaron Natural capitalism y propusieron que la próxima revolución industrial sería impulsada por una productividad radical de los recursos y un modelo de fabricación «de la cuna a la cuna» (cradle to cradle).

Década de 2020. Cero neto y el Consenso de Wall Street. Hoy, el capitalismo verde es la estrategia global dominante. Se enfoca en la sustitución tecnológica —reemplazar combustibles fósiles por renovables y motores de combustión interna por vehículos eléctricos— a la vez que se mantienen las estructuras centrales de acumulación de capital y propiedad privada.

Críticos desde la izquierda y la comunidad científica advierten que el capitalismo verde es un sueño imposible o, peor aún, una peligrosa táctica de distracción. La crítica esencial es que el capitalismo requiere un crecimiento infinito, mientras que la Tierra es un sistema finito. Se argumenta que el «desacoplamiento» del crecimiento frente al impacto ambiental nunca ha ocurrido a la escala o velocidad necesarias para evitar el colapso climático. Asimismo, los críticos sostienen que el capitalismo verde convierte el «ser verde» en una marca de estilo de vida. Al concentrarse en el «consumo ético» (ecoetiquetas, productos orgánicos), el sistema traslada la responsabilidad del productor al consumidor individual al enmascarar procesos industriales masivos que siguen siendo destructivos. En el Sur global, el capitalismo verde es visto con frecuencia como una nueva forma de colonialismo (Heron, 2025; Hickel, 2025). Proyectos como la «compensación de carbono» derivan en el «acaparamiento verde» (green grabbing), el cual despoja de tierras a los pueblos indígenas para crear bosques protegidos que las corporaciones occidentales utilizan con el objeto de «compensar» su contaminación continua (Riofrancos, 2020).

3. Transición justa

Mientras que el capitalismo verde busca soluciones en el mercado, el discurso de la transición justa se focaliza en las personas —en particular en los trabajadores y las comunidades— que corren el mayor riesgo de pérdida durante el cambio hacia una economía verde (Bond, 2012; Mastini et al., 2021). Representa la «red de seguridad» social del movimiento climático. También es un marco desarrollado para asegurar que el paso de una economía con altas emisiones de carbono a una de bajas emisiones sea equitativo e inclusivo. Su objetivo es maximizar las oportunidades sociales y económicas de la acción climática, al tiempo que se minimizan las dificultades para los trabajadores de industrias dependientes de combustibles fósiles.

En su núcleo se encuentran cuatro dimensiones de la justicia:

Distributiva: reparto equitativo de costos y beneficios (por ejemplo, financiamiento para la reconversión laboral).

Procedimental: garantizar que los trabajadores afectados tengan representación en la toma de decisiones.

De reconocimiento: identificar las necesidades e historias específicas de los grupos marginados.

Restaurativa: reparar los daños históricos causados a las comunidades por las industrias extractivas.

En años recientes, el concepto ha pasado de ser una demanda laboral de nicho a un imperativo diplomático global:

19701980. Raíces laborales. El término fue acuñado por el Sindicato de Trabajadores Petroleros, Químicos y Atómicos en Estados Unidos propuso un «superfondo para trabajadores» cuyo fin era brindar apoyo financiero y educativo a los desplazados por regulaciones ambientales, bajo la premisa de que «ayudar al medio ambiente no debería costarle el empleo a un trabajador».

1990. Inclusión sindical. La Confederación Sindical Internacional (CSI) comenzó a hacer campaña para incluir la «transición justa» en las negociaciones climáticas internacionales y así evitar la división entre «empleos versus medio ambiente».

2015. El Acuerdo de París. El concepto alcanzó su máxima legitimidad al ser incluido en el preámbulo del Acuerdo de París, al resaltar los «imperativos de una transición justa de la fuerza laboral».

Década de 2020. Asociaciones para la Transición Energética Justa (JEPT). Esto entraña la aplicación actual en la «era de los BRICS», cuando las naciones ricas financian a países en desarrollo (como Sudáfrica, Indonesia y Vietnam) en concreto para ayudarlos a abandonar el carbón y proteger sus economías locales.

Al igual que los otros conceptos, la transición justa es un espacio de gran tensión. Los críticos aseguran que, al ser adoptado por instituciones como el BM, el término ha perdido su filo radical. Lo que antes era una demanda de cambio sistémico y poder obrero en ocasiones se reduce a «paquetes de salida» o simples «programas de capacitación» que no reemplazan la calidad de los empleos sindicalizados en el sector de combustibles fósiles.

Existe un debate creciente entre el Norte y el Sur global. En el Norte, el enfoque suele estar en los mineros del carbón; en el Sur, se asevera que debe ser más amplio y abordar a trabajadores informales, pequeños agricultores y personas sin acceso a la electricidad. Las naciones de los BRICS afirman frecuentemente que una transición no es «justa» si obliga a los países en desarrollo a permanecer en la pobreza para salvar el planeta. Además, grupos de justicia ambiental critican que una «transición justa» en un lugar (por ejemplo, cerrar una mina de carbón en Alemania) puede causar una «transición injusta» en otro (por ejemplo, trabajo infantil en minas de cobalto en la República Democrática del Congo para fabricar baterías de tecnología «verde»). Esto se conoce como extractivismo, actividad en la que la carga del cambio verde simplemente se traslada a una comunidad vulnerable diferente (Svampa, 2019).

4. Vivir Bien/Buen Vivir

Por último, en el cuadrante inferior derecho, entre la sociedad y el Sur global, se sitúa el Vivir Bien o Buen Vivir. En América Latina, el concepto de decrecimiento (Lang, 2024) no es un mero reflejo de la teoría europea. Mientras que el decrecimiento europeo implica la «reducción de escala» para vivir dentro de los límites planetarios, la perspectiva latinoamericana replantea el problema a través del posdesarrollo, el posextractivismo y las cosmovisiones indígenas. El argumento clave es que, si bien el Norte global debe «decrecer» con la intención de liberar espacio ecológico, el Sur global debe buscar «alternativas al desarrollo» en lugar de sólo una versión «sostenible» del mismo.

El paradigma del Buen Vivir (o Sumaq Kawsay en quechua/Suma Qamaña en aimara), a diferencia del «desarrollo» occidental —que mide el éxito mediante el pib y la acumulación material—, subraya:

Armonía con la naturaleza. La naturaleza es vista como un sujeto con derechos propios (biocentrismo), no sólo como un recurso para los humanos.

Comunalismo. El bienestar se alcanza a través de la comunidad y la reciprocidad, no mediante la competencia individual.

Suficiencia. Vivir «bien» es distinto a vivir «mejor» (lo cual implica una escalera infinita de consumo).

Un punto de tensión fundamental es el neoextractivismo (Acosta, 2013): la dependencia de la exportación de materias primas (petróleo, minerales, soja) que financia programas sociales. Al respecto, Eduardo Gudynas refiere: a) el extractivismo es inherentemente violento y ecológicamente destructivo; b) el «decrecimiento» en el Sur implica transitar hacia dejar de ser la «finca de productos básicos» (commodity farm) del mundo; c) el crecimiento económico en el Sur es a menudo una «falsa solución» si depende de la destrucción de los territorios locales y la soberanía indígena.

El Buen Vivir constituye una cosmovisión holística originada en los pueblos indígenas de los Andes. Define una forma de vida en armonía con la naturaleza y otros seres humanos. A diferencia del «desarrollo sostenible», que intenta sostener el crecimiento, el Buen Vivir aspira a conservar el equilibrio. Se basa en el biocentrismo, la reciprocidad (vida económica cimentada en la ayuda mutua y el intercambio comunitario) y la plurinacionalidad (reconocer que múltiples culturas y sistemas legales pueden coexistir en un solo Estado).

Es pertinente añadir que el Buen Vivir pasó de la tradición oral indígena al discurso político global durante la «marea rosa» de la década de 2000 en América Latina: en 2008, Ecuador se convirtió en el primer país del mundo en codificar el Buen Vivir y otorgar derechos legales a la naturaleza (Pacha Mama); el artículo 71 de su Constitución establece que la naturaleza tiene derecho a existir, persistir y regenerar sus ciclos vitales. En 2009, bajo el gobierno de Evo Morales, Bolivia adoptó el Suma Qamaña como principio estatal y definió el objetivo del Estado como la búsqueda del bienestar colectivo en lugar del crecimiento del pib.

A pesar de ser elogiado como una alternativa visionaria al capitalismo, el Buen Vivir enfrenta críticas prácticas y políticas significativas. La mayor crítica es la brecha entre la retórica y la realidad. Ecuador y Bolivia han incluido el Buen Vivir en sus constituciones, pero mantienen una fuerte dependencia de las exportaciones de petróleo y minerales para financiar programas sociales. Esto ha propiciado el «neoextractivismo», en el que el Estado empleó un lenguaje «verde» mientras continuaba destruyendo tierras indígenas para la minería (Islas, 2025). Varios críticos indígenas aseguran que la adopción estatal del Buen Vivir «higieniza» y «occidentaliza» el concepto, lo que hace que pierda su filo radical al transformarse en una política gubernamental burocrática. Finalmente, críticos del Norte global y de la economía convencional suelen descartar el Buen Vivir por considerarlo una «romantización de la pobreza» o una postura «antimoderna», al advertir que, aunque funcione para sociedades comunales pequeñas, no ofrece un plan viable para gestionar poblaciones globales complejas y urbanizadas de miles de millones de personas.

Conclusión: ¿transición hacia qué?

La conclusión primordial general que se desprende del análisis precedente es que el capitalismo no podrá superar la actual crisis ecológica, por ende, es preciso volver a las lecciones de la transición al socialismo.

En su obra reciente, en especial en su libro Capitalismo caníbal (2022), Nancy Fraser expone que el capitalismo es fundamentalmente incapaz de resolver la crisis climática porque es «caníbal» por diseño. Su argumento nodal es que el capitalismo no es sólo un sistema económico, sino un «orden social institucionalizado» que sobrevive al devorar sus propias «condiciones de posibilidad»: los mismos elementos que necesita para existir, como un planeta estable, una fuerza de trabajo saludable y una sociedad funcional.

Fraser expande la idea de Marx acerca de la «morada oculta» de la producción. Mientras que Marx se centró en la explotación del trabajo en las fábricas, Fraser insiste en que el capitalismo se apoya en otras tres «historias de fondo» que trata como externas y gratuitas:

  1. Reproducción social. El trabajo de cuidados no remunerado (realizado en su mayoría por mujeres).
  2. Poder público. El Estado y los sistemas legales que protegen la propiedad.
  3. Naturaleza. La riqueza biofísica de la Tierra.

El capitalismo valora a la naturaleza como un reservorio infinito de materias primas y un sumidero infinito de desechos. Dado que el capital no «paga» por la reposición de la naturaleza, se ve incentivado a actuar como un «polizón» (free-rider) sobre ella hasta que el recurso se agota o el sumidero (la atmósfera) se desborda.

El ADN del capitalismo exige una expansión incesante. Esto crea una contradicción estructural: por un lado, el impulso (el capital debe crecer perpetuamente a fin de seguir siendo competitivo); y, por otro, la restricción (el mundo biofísico es finito). Fraser defiende que esto no es un «error del sistema» (glitch), sino una característica intrínseca. El sistema se encuentra programado para priorizar la acumulación a corto plazo por encima de la salud a largo plazo de los ecosistemas.

En efecto, Fraser se muestra sumamente escéptica ante los arreglos «verdes», por ejemplo, el comercio de carbono o la transición a vehículos eléctricos dentro del marco capitalista. En su opinión, los «atajos»

Mercantilizan la naturaleza. Intentan salvar el planeta al convertir al carbono o la biodiversidad en nuevos activos financieros, lo que sólo invita a más especulación.

Desplazan la carga. La energía verde en el Norte global en ocasiones depende de «canibalizar» al Sur global por medio de la expropiación de litio, cobalto y tierras, lo que perpetúa injusticias raciales e imperiales.

De acuerdo con Fraser, la crisis climática es inseparable de la crisis de los cuidados y la crisis de la democracia. Por ello, aboga por un ecosocialismo: un sistema que traslade las «historias de fondo» (naturaleza, cuidados, política) al primer plano, al convertirlas en el foco primordial de la organización social en lugar del beneficio.

El fin de las fronteras

El argumento paralelo de Jason W. Moore correspondiente a por qué el capitalismo no puede resolver la crisis ecológica se sustenta en su marco de la «ecología-mundo». Añade que la crisis no es un problema «ambiental» que le sucede al capitalismo, sino una crisis del capitalismo como forma de organizar la vida. Según Moore, durante 500 años, el sistema sobrevivió con la explotación de las «cuatro baraturas»: comida, trabajo, energía y materias primas baratas.

En ese sentido, el problema es que el capitalismo requiere que estos insumos sean casi gratuitos (apropiados) en lugar de pagados (producidos). La crisis actual radica en que se han acabado las «fronteras»: no quedan bosques «no reclamados» ni reservas de mano de obra virgen que puedan explotarse con la baratura suficiente para compensar los costos crecientes del cambio climático y el agotamiento de recursos. Por lo tanto, el motor del sistema se ha detenido.

Entonces, Moore rechaza el término Antropoceno («edad del hombre») porque culpa a la «humanidad» en su conjunto, al sugerir que la crisis es un resultado inevitable de la naturaleza humana o la tecnología. Moore propone, en cambio, el término Capitaloceno. Si la crisis es «humana», la solución sería simplemente «menos humanos» o «mejor tecnología»; si la crisis es «capitalista», la única solución es abolir la ley del valor.

El regreso a Polanyi: transformación y doble movimiento

Al retomar a Polanyi, se aprecia que la transformación social no es sólo un cambio de gobierno, sino una reestructuración fundamental y con frecuencia violenta del tejido social con relación a la economía (Lache, 2019). Su teoría sugiere que la transformación ocurre como un ciclo de des-incrustación (separar la economía de las reglas sociales) y el inevitable contramovimiento protector. 

Para Polanyi, la etapa final de dicha transformación es una elección entre socialismo y fascismo: 1. El socialismo intenta «re-incrustar» la economía al hacerla democráticamente responsable ante las necesidades sociales. 2. El fascismo es una reacción «protectora» en la que la sociedad abandona la democracia para salvar el sistema económico del colapso total, utilizando el nacionalismo o el autoritarismo para restaurar el orden. Este dilema resulta relevante de modo alarmante en la actualidad.

Síntesis final

A través del capitalismo, el socialismo y la justicia climática, las transiciones comparten una estructura común de lucha por las mercancías ficticias, el poder estatal y la protección social. Lo que varía no es la presencia de la transición, sino lo que está en juego. El capitalismo institucionalizó la des-incrustación del mercado; el socialismo intentó una re-incrustación que derivó en burocracia; la justicia climática disputa la mercantilización de la naturaleza bajo condiciones de restricción existencial.

La justicia climática radicaliza esa visión. Las transiciones anteriores podían fallar sin consecuencias terminales, la des-incrustación ecológica, no. La interrogante ya no es qué sistema sigue al capitalismo, sino si la sociedad puede re-incrustar a tiempo la actividad económica dentro de los límites sociales y ecológicos (Clover, 2020).

Así, este artículo ha sostenido que Karl Polanyi ofrece una teoría general no teleológica de la transición capaz de unificar la economía política histórica y la contemporánea. Al desplazar la atención de los puntos finales hacia las luchas institucionales, Polanyi permite analizar el capitalismo, el socialismo y la justicia climática dentro de un único marco comparativo basado en la transformación social.

La justicia climática surge como la prueba decisiva de dicho marco. La transición ya no es una cuestión de sucesión sistémica, sino de supervivencia social. La insistencia de Polanyi en que la sociedad buscará protegerse contra la destrucción inducida por el mercado sigue siendo analíticamente poderosa. Si esto será políticamente suficiente es la pregunta abierta de nuestro tiempo.

Asimismo, la crisis ecológica exige algo más que un simple rechazo del crecimiento económico; requiere una reconsideración fundamental de las estructuras sociales y psicológicas que sustentan nuestra economía política. En su libro reciente Contra el progreso, Žižek (2025) asevera que el capitalismo no es una máquina de crecimiento, sino un sistema que organiza el deseo mismo: produce «la falta misma que luego promete colmar» y vincula a los sujetos a ciclos de insatisfacción y goce competitivo. Desde tal perspectiva, las estrategias de transición ecológica centradas en frenar o revertir el crecimiento corren el riesgo de dejar intactos los mecanismos que sostienen el daño ecológico.

Este enfoque revela por qué las soluciones de mercado y el moralismo de los estilos de vida suelen ser absorbidos por las estructuras capitalistas, lo que neutraliza su potencial transformador. La crítica de Žižek subraya que ciertos marcos (como el decrecimiento) pueden fracasar si suponen que el deseo puede ser purificado del exceso sin confrontar las economías libidinales más profundas que el capitalismo explota. En un contexto de política pública, esa intuición sugiere que gestionar la producción y el consumo es insuficiente si no se acompaña de cambios institucionales que reconfiguren los imaginarios colectivos y las condiciones bajo las cuales se forman los deseos.

Por ello, una transición ecológica eficaz debe integrar estrategias políticas que vayan más allá de la contabilidad del carbono y los objetivos de eficiencia. Debe construir instituciones que reconfiguren, y no sólo regulen, los modos en que las personas se relacionan entre sí y con el mundo no humano, además de reconocer que la sostenibilidad ecológica comprende la reproducción social, la subjetividad colectiva y los resultados materiales.

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