Migración y Desarrollo, volumen 22, número 43, segundo semestre 2024, es una publicación semestral editada por la Universidad Autónoma de Zacatecas «Francisco García Salinas», a través de la Unidad Académica de Estudios del Desarrollo, Jardín Juárez 147, colonia Centro, Zacatecas, C.P. 98000, Tel. (01492) 922 91 09, www.uaz.edu.mx, www.estudiosdeldesarrollo.net, revistamyd@estudiosdeldesarrollo.net. Editor responsable: Raúl Delgado Wise. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo Vía Red Cómputo No. 04-2015-060212200400-203. ISSN: 2448-7783, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de última actualización: Unidad Académica de Estudios del Desarrollo, Maximino Gerardo Luna Estrada, Campus Universitario II, avenida Preparatoria s/n, fraccionamiento Progreso, Zacatecas, C.P. 98065. Fecha de la última modificación, noviembre de 2024.

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https://doi.org/10.35533/myd.numero43

Migración y sindicatos: retos y oportunidades

Migration and trade unions: challenges and opportunities

Recibido 08/07/24 | Aceptado 29/span>/07/24

Ronaldo Munck*

*Irlandés. Docente investigador de la National University of Ireland, Irlanda. Correo-e: ronnie.munck@dcu.ie

Traducido del inglés al español por Georgia Aralú González Pérez y Andrea Elisa Sampedro Cárdenas.

 

Resumen. El presente artículo pone de relieve la actuación humana y la manera en que los trabajadores migrantes (y establecidos) cuentan con diversas opciones antes de aceptar las divisiones creadas por el capital y el Estado, que exacerban los procesos de explotación y despojo. A partir de tales premisas, se sostiene que los estudios sobre migración y trabajo deben vincularse con el fin de analizar los retos y las oportunidades a los que se enfrentan los sindicatos que organizan a los trabajadores migrantes. Tradicionalmente, la migración, es decir, la libre movilidad de la fuerza de trabajo, se ha percibido como un problema para los sindicatos, puesto que los trabajadores migrantes son vistos como una amenaza hacia las normas laborales. En los últimos años se reconoció que la solidaridad con estos trabajadores podría ayudar a los sindicatos a retornar a los principios básicos del movimiento obrero. En la actual crisis mundial, la migración actúa como bisagra para el futuro de la globalización y los sindicatos, hasta convertirse en una oportunidad global de los trabajadores. En un momento histórico en el que el proteccionismo nacional, la xenofobia y el racismo se ubican en primer plano, el compromiso de los sindicatos con los trabajadores migrantes desempeña un papel positivo en la defensa de la democracia y la promoción de la transformación social.

Palabras clave: migración laboral, sindicatos, democracia, xenofobia, racismo.

Abstract. This essay highlights the issue of human agency, arguing that migrant and established workers should make choices rather than accepting the divisions created by capital and the state, which exacerbate processes of exploitation and dispossession. Based on these considerations, the essay argues that migration and labour studies should collaborate to analyse the challenges and opportunities facing trade unions that organise migrant workers. Traditionally, the free movement of labour has been viewed as problematic for trade unions because migrant workers are seen as a threat to labour standards. However, in recent years, it has been recognised that supporting migrant workers could help trade unions reconnect with the fundamental principles of the labour movement. In the current global crisis, migration is pivotal for the future of globalisation and trade unions and could present a global opportunity for workers. At a time when national protectionism, xenophobia and racism are on the rise, trade unions’ commitment to migrant workers could play a positive role in defending democracy and promoting social transformation.

Keywords: labour migration, trade unions, democracy, xenophobia, racism.

 

Introducción

Desde una perspectiva global, se efectúa una amplia revisión de trabajadores en movimiento para examinar las causas y consecuencias de la migración laboral. Sin duda, el movimiento laboral cobrará mayor relevancia en una época en la que el lugar de nacimiento determina nuestras oportunidades en la vida más que nuestra posición en la escala social. Ello porque la compleja convulsión de los patrones migratorios actuales no se reduce al estereotipo de movimientos de países pobres a países ricos difundidos por los medios de comunicación y gran parte de los académicos.

En seguida, se abordan los movimientos obreros: su conformación, las crisis que han enfrentado y los debates recientes. Se enfatiza en la división de género y etnia, parte integral de esos movimientos. Además de estudiar las movilizaciones en contra de los trabajadores migrantes, se hace hincapié en el compromiso con los nuevos migrantes precarios a fin de tener una visión más clara de una situación difícil.

Dentro de la organización de los trabajadores migrantes se profundiza en cómo el movimiento sindical ha tratado de organizar a los trabajadores migrantes. Pese a las divisiones en la clase trabajadora, existe una larga tradición de solidaridad laboral con efectos reales. Se estudian los casos de Estados Unidos, Europa y Asia, ahí los sindicatos organizan y movilizan a los trabajadores migrantes, en ocasiones de formas novedosas. Dichas experiencias poseen el potencial de mejorar las condiciones de vida de los trabajadores migrantes y de transformar el movimiento sindical.

Finalmente, en las conclusiones se hace patente el compromiso hacia los movimientos sindicales y los trabajadores migrantes. Es claro que un análisis puramente académico sería insuficiente; asimismo, no es posible ignorar los problemas de identidad de los trabajadores indígenas y de los migrantes. En mi opinión, el compromiso con los últimos conduce a los sindicatos a «retornar a lo básico» y a revitalizar el sindicalismo, a la vez que empodera a los trabajadores migrantes.

Trabajadores en movimiento

La cifra de 272 millones de personas que se estima viven actualmente fuera de su país de origen no refleja el verdadero impacto de flujos, en especial se tienen en cuenta los desplazamientos de personas dentro de países como China y la India. En su clásico libro Imperio, Hardt y Negri sostienen que

hoy día, el flujo de la mano de obra y los movimientos migratorios son extraordinariamente difusos y difíciles de comprender. Incluso los movimientos de población más significativos del pasado (sin soslayar las migraciones atlánticas de blancos y negros) constituyen acontecimientos liliputienses en comparación con los enormes traslados de población de nuestra época (213:2000).

Si el comunismo fue el espectro que acechó a mediados del siglo XIX, hoy, «un espectro acecha al mundo y es el espectro de la migración» (Hardt y Negri, 2000:213). Los movimientos de personas documentadas e indocumentadas provocan que las fronteras nacionales se vuelvan más porosas, al tiempo que cuestionan la lógica de los movimientos nacionales de trabajadores.

Entender la complejidad de los flujos migratorios contemporáneos no es una labor sencilla. Ninguna teoría simple de «empuje-atracción» logra explicar de forma adecuada ese fenómeno social. Papastergiadis afirma que «los flujos actuales de mano de obra migrante son, en esencia, diferentes de los anteriores. Se perciben cambios drásticos en el destino de la migración (…) Los grandes centros metropolitanos del norte y el oeste (…) fueron eclipsados por las capitales del este y el sur» (2000:6). En el presente, los flujos migratorios son más multidireccionales y no se limitan en el tiempo; en síntesis, no son lineales, sino que se caracterizan por el «caos». Los patrones migratorios se asemejan más a olas turbulentas que a simples patrones lineales, se producen en cascada en lugar de dirigirse hacia un estado de equilibrio, como creían los economistas neoclásicos. Estos agitados flujos de mano de obra legal y extralegal, de clase profesional y forzada, se orientan hacia una globalización que genera movimiento, aunque a la vez de manera continua y acelerada genera resistencia en cuanto a su propagación.

Concerniente a la relación entre la migración laboral y el movimiento obrero, es pertinente partir de la observación de Hobsbawm: «La historia del trabajo en el siglo XIX es una historia de movimientos y migraciones» (1951:299). El «artesano itinerante» de aquel tiempo era el símbolo de los trabajadores y de los obreros en la etapa de desarrollo capitalista. Dicho sistema, prevaleciente en toda Europa, apoyaba a los artesanos que iban de pueblo en pueblo en busca de trabajo. El trabajador itinerante era capaz de contrarrestar ese desempleo estacional o irregular al viajar a otra localidad, a sabiendas de que existían mecanismos de solidaridad laboral. Hasta el siglo XX, el sistema proporcionaba una forma rudimentaria de seguro de desempleo en algunos oficios, por ejemplo, el de la construcción. Las redes transnacionales contemporáneas de apoyo a los migrantes cumplen una función similar en lo que respecta a la acogida y a la integración de los trabajadores migrantes. Tanto en sus orígenes como en la actualidad, los movimientos sindicales son indisolubles de la migración laboral, pues no son excluyentes en el Estado nación.

La aludida interrelación entre el movimiento de la mano de obra y los movimientos obreros también se produce en el ámbito mundial. Desde la época de las plantaciones coloniales hasta el capitalismo de las cadenas de producción de la era fordista, las economías dependían de la migración laboral. En la Colonia, el sistema para esclavizar o coaccionar de otro modo la mano de obra fue un motor y un facilitador crucial del orden capitalista emergente. Los mercados laborales se construyeron con la finalidad de que se creara una segregación por raza, etnia y origen nacional, así como por género y edad. La solidaridad de clase, entonces, se vio conscientemente limitada y de continuo puesta a prueba a través de los innumerables efectos de tal orden. La movilización y el desplazamiento de la mano de obra en las fronteras nacionales adoptó diferentes manifestaciones a lo largo de la historia y en función de la geografía. No obstante, a partir del comercio de esclavos y luego la participación del Estado en los países exportadores de mano de obra en el presente, el objetivo siempre ha sido el mismo. Gambino y Sacchetto, lo expresaron en estos términos al escribir acerca de la «vorágine de la migración»: «Mientras el capital no haya conseguido eliminar las formas de vida alternativas y no capitalistas en un determinado territorio, se verá obligado a ir en busca de mano de obra» (2014:118).

Desde la percepción del desarrollo capitalista, la migración laboral también es un componente clave. Si bien los mercados laborales suelen considerarse los motores de la migración, otra perspectiva los valoraría como moldeados y regulados por el propio fenómeno migratorio. Al respecto, Harald Bauder declara que los migrantes internacionales son vistos como «baratos y flexibles», de ahí que «facilitan la reducción de los niveles salariales generales, contribuyen a rebajar las condiciones laborales y ayudan a introducir prácticas más flexibles» (2006:4). Por ende, la migración laboral internacional encaja muy bien con el impulso de la globalización neoliberal desde 1990 para aumentar la flexibilidad laboral y reducir los salarios y las condiciones laborales. Aunque los trabajadores de todo el mundo llegan a sujetarse a los dictados del nuevo modelo de capitalismo, las fracciones migrantes de la clase trabajadora deben soportar condiciones en especial onerosas. Lo cierto es que el análisis del mercado laboral y la estrategia del movimiento obrero (véase el siguiente apartado) deben colocar en primer plano la migración laboral.

En la era de la globalización, la migración masiva se ha convertido en un elemento básico para la transformación y la sostenibilidad del capitalismo en tanto orden social. Por consiguiente, la mano de obra en lo general no es una simple mercancía que al migrar genera en automático competencia. Los vínculos entre la producción económica y la reproducción social se vuelven más complejos y dependientes, social y espacialmente. No se trata sólo de que la migración contribuya a desregular el mercado laboral al rebajar los estándares laborales y socavar la capacidad de los trabajadores nativos. Según Bauder, el impacto es más complicado en la medida en que la migración laboral internacional favorece, de igual modo, la regulación del trabajo, en concreto a través de categorías de ciudadanía que dividen la mano de obra global, situación que permite una mejor disciplina y gestión del trabajo por parte del capital y el Estado.

De modo complementario, la migración laboral es un elemento clave en la reestructuración del capitalismo global. La «fuga de capitales» del Norte global hacia regiones con salarios más bajos y la migración laboral suelen tratarse como fenómenos separados, con lógicas distintas; sin embargo, tiene más sentido sopesarlos como dos caras del mismo proceso de desarrollo capitalista global. El capital con mayor dinamismo puede migrar por sí mismo a las regiones del mundo con salarios más bajos; empero, las facciones menos dinámicas (por ejemplo, los servicios) se ven obligadas a importar mano de obra. En la medida en que se estime el capitalismo como un sistema global de acumulación, se aprovecharán las oportunidades para expandirse espacialmente a través de las escalas de la actividad humana. La exportación de capital a lugares con salarios bajos y la importación de mano de obra barata desde esos lugares al corazón del nuevo capitalismo son dos caras de la misma moneda. Dividir y gobernar siempre ha sido una estrategia del capital en el nivel nacional. Ahora se aplica en el nivel mundial, donde se enfrentan dos tipos de trabajadores de las zonas: aquellos con salarios altos y aquellos con salarios bajos; además, de estos últimos se traslada a trabajadores para reducir los salarios y las condiciones de los trabajadores del Norte.

Los migrantes son a la vez un producto de la globalización y un factor que influye directamente en ella, tanto en los países «de origen» como en los «de acogida». Este tipo de trabajador no es una figura banal: «El inmigrante introduce una gama mucho más amplia de dinámicas políticas de lo que su estatus legal podría sugerir» (Sassen, 1999:294). La inmigración puede considerarse una lente a través de la cual se comprenden las contradicciones del Estado-nación en la era de la globalización. En contraposición a los derechos de ciudadanía otorgados al sujeto nacional, el inmigrante recibe diversas categorías de estatus «no nacional». 

El Estado nación aspira a participar de los beneficios de la globalización económica; asimismo, a mantener sus prerrogativas frente a los migrantes globales. La migración es, por ende, una cuestión de gobernanza global (y objeto de debate en distintos foros de la ONU), inclusive nos brinda una idea de la calidad de la democracia en un Estado nación específico. Ningún otro grupo social se encuentra tan expuesto a la violencia y a la exclusión, aparte de ser estigmatizado, explotado y considerado una amenaza para la seguridad nacional por el mero hecho de existir.

Por último, se debe tomar en cuenta el papel de la migración en términos de desarrollo y desigualdad social global. Branko Milanovic planteó la desafiante propuesta de que «no sólo la desigualdad general entre los ciudadanos del mundo es mayor a principios del siglo XXI que hace más de un siglo y medio, sino que su distribución cambió notoriamente: de ser una desigualdad determinada en las mismas proporciones por la clase y la ubicación, se transformó de modo predominante en una desigualdad basada sólo por la ubicación» (2012:7). Mientras que en 1850 el coeficiente de Gini mundial se calculaba en 50% para la ubicación y 50% para la clase social, hoy día el coeficiente de Gini (más alto) se atribuye hasta de 85% a los ingresos medios de los países y sólo 9% a las diferencias internas entre clases. La homogeneidad del movimiento obrero original en torno a la polarización de clases ya no es válida. El desarrollo desigual a escala mundial se aceleró desde la expansión inicial del capitalismo a través del colonialismo. En el presente, la globalización capitalista constituye una máquina dinámica para el crecimiento económico, de ahí el aumento de la desigualdad.

Hoy la migración es relevante en muchos aspectos cruciales y diversos. Numerosos economistas comparten la idea de que el aumento de la migración es la forma más inmediata de reducir la desigualdad mundial. Por ello la preponderancia del lugar de origen, más que de la clase social, al momento de dilucidar la desigualdad. Aunque no se pretende contraponer el lugar a la clase social, sino observarlos dialécticamente entrelazados, estos nuevos parámetros imponen al movimiento sindical la responsabilidad particular de atender las necesidades de los trabajadores migrantes. Se trata de un reto, ya que este cambio se produce en una situación de vulnerabilidad de los sindicatos. Con todo, es una oportunidad para revitalizar los movimientos sindicales con nuevos integrantes y una perspectiva nueva e inclusiva. No debe perderse de vista que «a lo largo de la historia de la modernidad, la movilidad y la migración de la mano de obra han alterado las condiciones disciplinarias a las que se someten los trabajadores» (Hardt y Negri, 2000:212). La migración cobrará cada vez más preponderancia, en particular a causa de los efectos de la crisis climática. Frente a esto, el movimiento sindical deberá dar una respuesta, la forma en que lo haga dependerá en gran medida de la acción política. Cabe aducir que no debe inferirse un pronóstico pesimista, derivado de sus nuevas condiciones estructurales.

Movimientos sindicales

En los albores del siglo XXI, el recién creado Congreso Internacional de Sindicatos declaró su compromiso con la organización de los trabajadores, en consonancia con los principios fundacionales de la Primera Internacional de 1864. A partir del año 2000, el movimiento sindical internacional reconoció cada vez más que la globalización era un reciente paradigma que exigía nuevas estrategias, tácticas y modalidades organizativas. Así, en 1997, la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres ya había declarado que la globalización planteaba «el mayor desafío para los sindicatos en el siglo XXI» (CIOSLl, 1997). Si la creación de una economía global generaba una fuerza laboral global, entonces los sindicatos mundiales podrían considerarse un desarrollo coherente. Es una realidad que el poder económico global no necesariamente provoca un contramovimiento social global simétrico. La Confederación Sindical de los Países Bajos comprendió con claridad el nuevo estado de ánimo cuando declaró que «el movimiento sindical debía reinventarse para hacer frente a los retos del siglo XXI» (Kloosterboer, 2007:1).

Al comparar este periodo con la «invención» original del movimiento obrero a mediados del siglo XIX, se observa que se trataba, en esencia, de un periodo prenacional. El movimiento obrero era internacionalista en sus preocupaciones y perspectivas, no existía una división rígida entre trabajadores nacionales y «extranjeros». Más tarde, la formación del Estado y la consolidación nacional obligarían al movimiento obrero a adoptar un formato nacional (incluso nacionalista). La Primera Internacional proclamó su misión a «los trabajadores de todos los países del mundo». La ola de revoluciones democráticas de 1848 y la industrialización de la década de 1850 tuvieron al movimiento obrero como componente clave. En lo que hoy se denomina el Sur global, la fase prenacional del movimiento obrero y las guerras de liberación nacional se prolongaron hasta mediados del siglo XX. Dicho movimiento obrero traspasó las fronteras nacionales y los flujos migratorios masivos fueron parte integral de su formación. El funcionamiento transnacional era parte del sentido común de la clase trabajadora en sus fundamentos europeos originales, a la par dio forma al internacionalismo temprano que ahora intentamos recuperar. Volver al futuro no es una forma descabellada de concebir esta estrategia.

Las fronteras nacionales de este siglo XXI, no se perciben tan importantes como lo eran a mediados del siglo XX. La «revolución de la globalización» socava las barreras nacionales ante un mercado en constante expansión. El movimiento sindical internacional reconoció que este nuevo paradigma exigía nuevas estrategias, tácticas y modalidades organizativas. La creación de una fuerza laboral global significaba, al menos en teoría, que los sindicatos tendrían que organizarse en el ámbito mundial. Al reinventarse más allá del paradigma corporativista de la negociación colectiva nacional, el movimiento sindical se enfrentaría a serios retos organizativos e ideológicos. Tras muchas décadas de funcionamiento bajo el mito del «contrato de trabajo estándar», los sindicatos no estaban preparados para trabajar con la nueva mano de obra precaria e itinerante. La globalización supuso el fin de la «normalidad», aunque se necesitaría tiempo y sortear infinidad de obstáculos a fin de que surgiera un nuevo sindicalismo.

En la historia del movimiento obrero existe un mito fundacional de solidaridad y propósito común. La solidaridad de clase prevalecería por encima de los vínculos preexistentes. En la práctica, a pesar de que el capital trate a los trabajadores como una mercancía indiferenciada, éstos buscan, invariablemente, solidaridades preexistentes de género, etnia o lugar que les permitan salir de la tormenta. Así, «el patriarcado, el racismo y el chovinismo nacional han sido parte integral de la creación del movimiento obrero mundial» (Arrighi, 1990:331). La descomposición de las clases trabajadoras existentes y la recomposición de otras nuevas en el marco de la globalización provocaron una intensa competencia entre los trabajadores que no debe desdeñarse. Al igual que la ideología del «hogar y el corazón» (Davis, 1993:258), utilizada por los movimientos obreros para excluir a las mujeres trabajadoras del empleo remunerado en el pasado, las ideologías antiinmigrantes se convertirán en un recurso en contra de los trabajadores migrantes. Algo es claro: no es posible dar por sentada la unidad de la clase obrera, a causa de fuerzas centrífugas en acción, la unión es siempre un proyecto en construcción.

Es justo en este contexto donde surgen los estallidos de hostilidad hacia los trabajadores migrantes por parte de diferentes sectores del movimiento obrero. En Europa tomemos más o menos al azar, distintos episodios mencionados por Saskia Sassen (1999) en Guests and Aliens. A principios del siglo XX, los viñedos de Languedoc contrataban trabajadores en España e Italia porque aceptaban salarios más bajos que los migrantes franceses, pero «no es de extrañar que los trabajadores franceses no aceptaran de buen agrado a los extranjeros, a quienes consideraban responsables de la disminución de los salarios» (Sassen, 1999:49). Por su parte, 

los empresarios alemanes traían trabajadores del Este. Mientras los sindicatos alemanes intentaban organizar a la mano de obra migrante, la presencia de trabajadores extranjeros dispuestos a laborar por salarios más bajos y jornadas más largas provocó peleas, críticas e insultos: los extranjeros parecían ser inherentemente «rompehuelgas», «recortadores de salarios», etcétera (Sassen, 1999:61). 

En Suiza, a principios del siglo XXI, los trabajadores locales y los sindicatos tildaron físicamente a los inmigrantes italianos de «esquiroles». Lo anterior son sólo algunos fragmentos de una larga historia del trabajo internacional en la que los trabajadores extranjeros eran vistos como rivales, más todavía: como una amenaza. Quizá esta no fuera la historia oficial del movimiento obrero; sin embargo, los episodios descritos marcaron las relaciones entre las fracciones nacionales y transnacionales de la clase trabajadora.

En Estados Unidos existe también una larga historia de hostilidad hacia los trabajadores migrantes. Durante la primera mitad del siglo XX, la dominante Federación Estadounidense del Trabajo (AFL) se mostró en contra de la inmigración, a partir de políticas restrictivas en todos los rubros. La Ley de Exclusión China de 1882 se consideraba un modelo de buenas prácticas y la AFL planteó su ampliación para incluir a los inmigrantes japoneses y coreanos. Asimismo, con el aumento del desempleo tras la Primera Guerra Mundial, la AFL buscó la suspensión total de la inmigración, lo que la alineó con los grupos nacionalistas de extrema derecha en la lucha hacia los trabajadores migrantes. Se esgrimieron argumentos racistas sobre la supuesta incapacidad de los migrantes para apreciar el «estilo de vida americano». De igual modo, argumentos de índole económico acerca de la forma en que la mano de obra importada inclinaría la balanza de fuerzas hacia los empresarios que la utilizarían para quebrantar huelgas. No es casualidad que estos sindicatos se orientaran principalmente a prestar servicios a los miembros existentes, en lugar de organizar nuevos sectores, en la que los propios sindicatos adoptaban una posición menos nacionalista.

En el Sur global, no faltan ejemplos de movimientos sindicales consolidados, incluso radicales, conformados en torno a los trabajadores migrantes como chivos expiatorios de sus males. En Sudáfrica hemos sido testigos de ataques concertados en su contra en los municipios donde los residentes se sentían defraudados por el Congreso Nacional Africano (ANC). Las frustraciones económicas (y políticas) derivaron en una intensa xenofobia y maltrato hacia los migrantes africanos (véase Munck, 2015). Recientemente, Argentina, sede de un movimiento sindical fuerte y combativo ha sido escenario de manifestación abierta de xenofobia. El sector de la construcción, en particular, durante mucho tiempo había sido una fuente de empleo para los trabajadores de los países vecinos, Bolivia y Paraguay; sin embargo, en la década de 1990, el sindicato de trabajadores de la construcción reaccionó en su contra de una manera abiertamente proteccionista. De acuerdo con la Unión Obrera de la Construcción (UOCRA), la responsabilidad del desempleo, los accidentes laborales y los bajos salarios recaían en los «bolivianos» y no en los empleadores ni en el Estado (véase Grimson, 2018).

Aún prevalece la pregunta si en la era de la globalización, dicha división entre las fracciones establecidas y los migrantes de la clase trabajadora puede superarse, o al menos gestionarse. En la siguiente sección se describirán algunas experiencias transformadoras vigentes. Por ahora, se considera si el movimiento sindical podría reconfigurarse de modo que se revitalice y se adapte a los objetivos de la era en curso. La crisis de representación es un problema apremiante para los sindicatos del mundo. Muchos sindicatos continúan adoptando un enfoque limitado con el objetivo de defender los intereses de sus miembros en el presente. Su composición sigue siendo, en cierta medida, lo que los críticos denominan «pálida, masculina y rancia». Eso sólo cambiará cuando los sindicatos prioricen la afiliación de los trabajadores que hasta ahora no lo estaban, ya sean trabajadores informales, precarios o migrantes. La renovación de los sindicatos y la organización de los trabajadores migrantes representan, de facto, objetivos compatibles, que llegan a reforzarse mutuamente.

Cabe mencionar que, en las etapas formativas del movimiento sindical, los sindicatos se involucraron de forma activa en los tópicos políticos generalizados de la época, en concreto, la reivindicación del sufragio universal. No existe ninguna razón por la que tales preocupaciones no vuelvan a ocupar un lugar central en la agenda sindical, existe además una sólida razón: la conjunción de una serie de motivos económicos, sociales y medioambientales, que debería constituir su columna vertebral. A diferencia de la tradición posterior del sindicalismo profesional, los primeros organizadores sindicales no reconocían divisiones basadas en la calificación o la etnia. La aludida tradición de organización sindical, conocida como sindicalismo comunitario, «organización profunda» o «sindicalismo de movimiento social», está resurgiendo. Su expansión podría abrir un nuevo capítulo en la lucha continua de los trabajadores frente al capitalismo.

El movimiento sindical internacional es tanto un movimiento social transnacional en formación como una organización representativa de los trabajadores en el lugar. Sus estructuras democráticas se centran en el mundo laboral, y la naturaleza de su base de afiliados lo distingue de las organizaciones no gubernamentales (ONG) que luchan por distintos aspectos como la igualdad de género, los derechos humanos o la protección del medio ambiente. Si bien muchos grupos de defensa son efímeros, el movimiento sindical con seguridad perduraría por un largo tiempo, puesto que la representación colectiva de los trabajadores es esencial, aun cuando su forma organizativa evolucione. Lo que en realidad se necesita es una forma nueva de sindicalismo como movimiento social que sintetice los valores del «antiguo» movimiento sindical relativo a la solidaridad y los de los nuevos movimientos sociales más «interconectados», ello para crear movimientos transformadores que permitan un cambio social progresista con los trabajadores, en sentido amplio, como eje central (véase Munck, 2018).

Organización de los trabajadores migrantes

A principios del siglo XXI, la opinión generalizada era que los sindicatos habían dejado de ser agentes del cambio social. El científico radical social, Manuel Castells, fue muy categórico en su evaluación de vanguardia acerca del capitalismo contemporáneo, escrita a finales de la década de 1990 en tres volúmenes. En su opinión, sencillamente, el movimiento obrero era incapaz de afrontar los efectos de la globalización, por ende, «el movimiento obrero parecía haber quedado históricamente superado» (1997:360). En otras palabras, resaltaba: «Los trabajadores utilizan su identidad colectiva, pero se individualizan cada vez más en sus capacidades, en sus condiciones de trabajo, en sus intereses y proyectos» (1996:475). Ante este incierto panorama, se ha visto en la práctica, al menos desde el 2000, una mayor capacidad del movimiento obrero para reinventarse y replantear estructuras y prácticas. En el proceso de revitalización sindical, producido desde entonces, el tema de los trabajadores migrantes adquiere presencia, junto con las nuevas tecnologías, los vínculos internacionales, la participación de la comunidad y otros retos.

Hoy es posible adoptar un enfoque más equilibrado en cuanto a los sindicatos a partir de los debates sobre la necesidad de reactivarlos. La disminución de la afiliación sindical y su relevancia se aborda mediante la participación y la movilización de nuevos grupos hasta ahora no sindicalizados, bajo esa óptica los trabajadores migrantes son candidatos indiscutibles. Su captación, organización y movilización alcanza un impacto en términos de su integración en la sociedad, a la vez influir en el dinamismo de los sindicatos. Éstos se vuelven más receptivos a otras perspectivas, lo que les permite ir más allá de su función «económica» o corporativa, inclusive reinventarse. En distintos países se tienen indicios de que están recuperando sus características originales de movimiento social. Dicho cambio es notable en las campañas para sindicalizar a los trabajadores migrantes, donde los sindicatos colaboran con diversas organizaciones de la sociedad civil, desde centros de trabajadores migrantes hasta organizaciones religiosas (Frege y Kelly, 2004).

En consonancia con el escenario de reactivación, a principios del siglo xxi se percibe cierto impulso radical procedente del movimiento sindical. Hecho que repercutió en la organización de los trabajadores migrantes, que con anterioridad no figuraban entre las prioridades de los sindicatos, ni siquiera cuando éstos se mostraban favorables. En Europa se siguen presenciando ejemplos de la antigua hostilidad hacia la inmigración, en específico movimientos sindicales, por ejemplo, sindicatos polacos y checos han mantenido una actitud proteccionista hacia «su» mercado laboral y se han opuesto a cualquier medida para liberar la política inmigratoria. La retórica sindical insiste en proteger a los trabajadores nacionales del «dumping social» en un contexto de alto desempleo. En Europa occidental, la tendencia dominante se inclina hacia la «migración gestionada» en el contexto de una «colaboración social» entre sindicatos, el Estado y los empleadores. Los sindicatos de la mayoría de los países europeos contratan a trabajadores migrantes, incluso cuentan con funcionarios y organizadores de origen migrante. En los países mediterráneos de España e Italia hay un compromiso mucho más proactivo y progresista en cuanto a ese tema.

En España e Italia, los sindicatos abordaron el asunto de los migrantes indocumentados que infringieron la ley al organizarse y brindar asesoría a los propios migrantes, hecho que el Estado consideraba ilegal (véase Miravet, 2018, y De Luca et al., 2018, respectivamente). De ahí que en España se registraran brotes de acciones xenófobas en contra de los trabajadores agrícolas migrantes en el sur del país. Por su parte, en Italia, la situación de los refugiados del norte de África era (y sigue siendo) una prioridad en la agenda y un tema muy sensible. En ambos países las principales federaciones sindicales se dedicaron a afiliar a los trabajadores migrantes, así como a proporcionar centros de asesoramiento y apoyo social. Adicionalmente, abogaron por la regularización de los indocumentados y las amnistías: en Italia, los migrantes representan 10 por ciento del total de afiliados a sindicatos, incluye además a los jubilados. Se ha adoptado una perspectiva de clase, muestra de esto son los servicios sociales vitales que se les proporcionan a los migrantes y refugiados recién llegados, los cuales los consideran parte de un Estado benevolente.

El caso europeo que mejor conozco es el de Irlanda, resulta interesante por diversas razones. Los sindicatos irlandeses, al igual que en otros lugares, tuvieron varias opciones cuando, en pocos años, el país pasó de ser «emisor» a «receptor» de migrantes como consecuencia del Tigre Celta iniciado a mediados de los 1990. Destacan los relacionados con la industria de los hongos, una empresa de construcción (Gama) con trabajadores migrantes superexplotados, el caso de Irish Ferries fue el que marcó el punto de inflexión, cuando la compañía de transbordadores del canal de la Mancha despidió a sus marineros irlandeses y en su lugar contrató a trabajadores letones por la mitad del salario. Lo que podría haber sido una reacción nacionalista en el sindicato implicado (Sindicato de Servicios, Industria, Profesionales y Técnicos, SIPTU), se convirtió en un cambio radical en la sociedad, donde los migrantes fueron acogidos como los «nuevos irlandeses». Algunos activistas sindicales que habían sido migrantes en Gran Bretaña, se dedicaron a organizar a los sindicatos, forjaron alianzas con grupos de apoyo a los migrantes e influyeron en la política inmigratoria del gobierno a través de los mecanismos de colaboración social (véase Hyland y Munck, 2016). Los sindicatos se transformaron y los trabajadores migrantes (re)forjaron su propia identidad durante esos turbulentos años.

Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, los sindicatos, antes conservadores y nacionalistas experimentaban un drástico cambio. La renovación se acompañó de una vigorosa campaña para sindicalizar a los trabajadores migrantes de la costa oeste y la costa este (véase Ness, 2005; Milkman, 2006). En algunos casos, no fueron los sindicatos los que se encargaron de la afiliación, sino una plétora de organizaciones comunitarias híbridas, centros de trabajadores, grupos religiosos y organizaciones cimentadas en la nacionalidad. Dichas campañas tenían en común un fuerte impulso organizativo, similar al de los sindicatos de movimientos sociales en Sudáfrica durante la lucha contra el apartheid. Como parte de esta ola de movilización, muchos sindicatos se orientaron hacia los trabajadores migrantes, en especial en zonas de alta concentración como la costa oeste y Nueva York. El compromiso y los recursos organizativos de los sindicatos se aliaron con los métodos de lucha creativos de los nuevos movimientos sociales y la energía de los propios trabajadores migrantes.

La campaña Justicia para los Conserjes, que comenzó en 1990, creó un modelo de buenas prácticas para esta nueva forma de sindicalismo comunitario migrante. Liderada por el poderoso Sindicato Internacional de Empleados de Servicios (SEIU), con dos millones de afiliados, usó un modelo de organización ascendente basado en áreas geográficas y no sólo en el lugar de trabajo. El sindicato contó con el apoyo de líderes religiosos, líderes comunitarios y algunos políticos, lo que amplificó enormemente la necesidad de la manifestación. De forma complementaria, en su núcleo se encontraba un grupo de migrantes dedicados que ayudaron a otros a obtener mejores condiciones, salarios, atención sanitaria y oportunidades de empleo a tiempo completo (véase Savage, 2006). Es cierto que los sindicatos no siempre han tenido un papel central en la organización de los migrantes, y muchos trabajadores migrantes indocumentados trataron de organizarse y forjar solidaridades en su lugar de trabajo o comunidad, en contra de los sindicatos locales. Sin embargo, la militancia de esas iniciativas locales podría obligar a determinados sindicatos a actuar, y la situación evidentemente continuaría.

En Asia, los sindicatos, las ONG y las asociaciones de migrantes comenzaron también a abordar la explotación de la mano de obra migrante de formas imaginativas. Los sindicatos internacionales y las Federaciones Sindicales Internacionales (GUF) influyen de manera decisiva en la promoción de un nuevo compromiso con los trabajadores migrantes en particular. Michele Ford apunta que «la influencia externa de aliados internacionales y colaboradores locales [ha hecho que] algunos sindicatos, que en un inicio se mostraban hostiles hacia los trabajadores extranjeros, se hayan convencido de que deben acoger a los trabajadores migrantes como parte de su base» (Ford, 2019). Lo anterior ocurrió en Malasia, donde el Congreso de Sindicatos (TUC) pasó de una política antiinmigrante a una proinmigrante a mediados de la década de 2000. En Hong Kong, la confederación sindical decidió colaborar con las ONG de apoyo a los migrantes con el objeto de crear sindicatos exclusivos para migrantes en el territorio.

Un informe sindical británico sobre la organización de trabajadores migrantes en Asia ofrece una perspectiva en torno a los logros y las limitaciones de los sindicatos oficiales (TUC, 2010). El informe sostiene que los sindicatos pueden presionar a sus respectivos gobiernos con el propósito de que establezcan normas laborales; de igual modo, pueden exigir que sus embajadas en el extranjero cuenten con personal y recursos que respondan a las necesidades de su gente. La embajada británica en Kuala Lumpur colabora estrechamente con la comunidad de trabajadores migrantes, la sociedad civil local y el sindicato malasio TUC para ayudar a los trabajadores maltratados y promover la mejora de las condiciones laborales. Los sindicatos contribuyen al denunciar a los agentes y empleadores sin escrúpulos que cometen abusos y maltratos.

Las listas negras de agentes que incumplen la ley deben actualizarse permanentemente y hacerse públicas, los sindicatos durante este proceso son de gran ayuda al transmitir la información. Al arribo de los migrantes, los sindicatos locales deben adoptar un enfoque «inclusivo y abierto» y prestarles apoyo. Es fundamental contar con trabajadores sociales que hablen el idioma de la comunidad de los migrantes; en paralelo, los países de destino mostrarán la capacidad de asumir casos específicos de abuso y conducirlos ante los tribunales o las autoridades políticas para hacer justicia. Empero, el informe del TUC admite que, por su propia naturaleza, los migrantes «van y vienen», hecho que dificulta a los sindicatos su localización y puede repercutir en los ingresos continuos por afiliación. Esto desemboca en una limitación notable en cuanto al grado en que los sindicatos pueden sostener financieramente el apoyo a los trabajadores migrantes.

Discusión y conclusiones

Los anteriores planteamientos y los ejemplos positivos y negativos de las interacciones entre los sindicatos y los trabajadores migrantes propician una serie de elementos relevantes: la relación entre los trabajadores migrantes y el trabajo precario, la multiplicidad de actitudes sindicalistas hacia la migración —factores que van más allá de un cálculo instrumental acerca de por qué los sindicatos podrían intentar organizar a los trabajadores migrantes— y, por último, la medida en que la colaboración con los trabajadores migrantes ayudaría a reactivar el movimiento sindical. Una primera conclusión es que no debemos centrarnos en las limitaciones impuestas por las estructuras, sino colocar en primer plano a la acción humana, puesto que los hechos no son necesariamente siempre así.

Los trabajadores migrantes interaccionan con los mercados laborales de maneras particulares, pero en general forman parte de un mercado laboral segmentado. Surge una pregunta: ¿los nuevos mercados laborales flexibles requieren trabajadores «flexibles», como los migrantes? Según McCollum y Findlay, es posible apreciar esta «relación entre la mano de obra migrante y los mercados laborales segmentados como potencialmente reforzada: las prácticas de los empleadores crean una demanda permanente de mano de obra migrante, cuya amplia oferta, a su vez, permite que los mercados laborales segmentados sigan prosperando» (McCollum y Findlay, 2015:433). Dentro de esos mercados laborales, los empleadores establecen una jerarquía de migrantes a los que dan preferencia en la asignación de determinadas tareas. El problema con este tipo de análisis del mercado laboral bien estructurado es que desdeña la perspectiva de los migrantes. A menudo se basa en la noción del migrante como un actor económico racional, que calcula los costes y beneficios relativos de quedarse o emigrar; no obstante, la historia de vida de los migrantes es mucho más compleja que eso. La perspectiva del mercado laboral se centra, casi exclusivamente, en los empleadores y las enfermeras, pero deja de lado a otro actor crucial, a saber, los sindicatos. ¿Coinciden con la percepción de los empleadores de que los migrantes son trabajadores con salarios más bajos y los rechazan por la misma razón, es decir, para reducir los salarios y las condiciones de los trabajadores indígenas?

Persisten múltiples preguntas sin respuestas en el ámbito de la migración, los mercados laborales y los sindicatos. McGovern indica que «los resultados de las exhaustivas investigaciones realizadas por economistas laborales son, en su mayor parte, muy contrarios a la intuición: la inmigración posee un efecto insignificante sobre los salarios» (2005:222). La noción de «carrera a la baja» forma parte del sentido común de los sindicatos y los progresistas en general; a pesar de esto, en la realidad, el impacto de los flujos migratorios sobre los salarios es relativamente modesto. Lo que ocurre es que, en la mayoría de los casos, los migrantes no ocupan los mismos puestos de trabajo que los trabajadores locales; cuando se producen enfrentamientos, tal como sucedió en el sector de la construcción en Argentina, es porque estos últimos comienzan a competir con los trabajadores migrantes en su sector del mercado laboral segregado. Más allá de lo que reflejen los datos económicos, no es posible ignorar las divisiones generadas en los puntos conflictivos donde entran en juego diferentes intereses sociales. De manera ineludible, los sindicatos tienen un papel clave en la promoción de la unidad en ese sentido.

Un segundo aspecto en el que las investigaciones parecen contradecir las opiniones aceptadas tienen que ver con los trabajadores migrantes y su propensión a sindicalizarse. McGovern, después de revisar la literatura especializada, acotó: «Pese a la reputación de ser ‹inorganizables›, hay pocos datos empíricos que respalden la idea de que los inmigrantes, incluidos los pertenecientes a minorías étnicas, sean hostiles al sindicalismo» (2005:220). De hecho, la afiliación de los trabajadores migrantes a los sindicatos ha sido superior en comparación con la de los trabajadores locales cuando se les ha animado a afiliarse. El problema radica en los sindicatos que no han priorizado a los trabajadores migrantes, tampoco han mostrado un verdadero respaldo en cuanto al racismo como un factor principal en la movilización. Es decir, organizar a trabajadores precarios, posiblemente temporales y aislados, nunca ha sido empresa fácil; es una decisión política hacerlo y conlleva sus propios problemas.

Ahora es preciso considerar las distintas formas en que los sindicatos reaccionan ante la inmigración y, en particular, ante los trabajadores migrantes. Debe distinguirse entre las iniciativas más recientes de los sindicatos para acoger a los trabajadores migrantes y la oposición a la inmigración como tal. Los sindicatos tienen políticas diferentes en cuanto a la importancia que otorgan al «trato especial» de los trabajadores migrantes frente a su incorporación directa al movimiento sindical. Éstos presentan problemas específicos (desde el racismo hasta las dificultades lingüísticas) que a menudo requieren enfoques específicos. Así, la contratación de trabajadores migrantes puede darse en la comunidad o en instituciones religiosas, no solamente en el lugar de trabajo. Si bien el planteamiento de «un trabajador es un trabajador, es un trabajador» contribuyó a integrar a los migrantes en un periodo anterior, ahora son necesarios enfoques más matizados, por ejemplo, los temas de documentación y discriminación.

En efecto, ha habido algunos intentos por sistematizar el intercambio de respuestas a la migración con el fin de crear una especie de plantilla analítica. Marino, Penninx y Roosblad organizaron un conjunto de estudios a escala europea basados en las siguientes variables:

  1. La posición y el poder de los sindicatos en la sociedad, donde un mayor poder implica una mayor influencia.
  2. La situación de la economía y el mercado laboral, porque los buenos tiempos reducen la oposición a la inmigración. 
  3. Las tendencias sociales, es decir, las actitudes hacia la inmigración, el contexto jurídico y la opinión política. 
  4. as características de los migrantes, en tanto si proceden de países que fueron colonizados o son «asimilables» de alguna otra manera (2015:4). 

Sin duda, esos factores influyen en la respuesta de los sindicatos a los trabajadores migrantes, pero sólo son una parte de la historia. A través de ellos se puede generar un cuadro comparativo para Europa que dilucide el grado de compromiso de los sindicatos con los trabajadores migrantes en función de los contextos legislativos y políticos nacionales. Es imperante darnos cuenta que los sindicatos poseen una vida interna dinámica, objetivos políticos con capacidad de acción permanente. En mi propia experiencia como delegado sindical en el mayor sindicato de Irlanda, SIPTU, fui testigo de feroces batallas internas entre una tendencia internacionalista y otra nacionalista en torno a conflictos laborales clave que afectaban a los trabajadores migrantes. En ese sentido, «puntos de inflexión» clave, como la decisión de apoyarlos y afiliar a los trabajadores migrantes que desplazaron a los marineros irlandeses en el emblemático conflicto de Irish Ferries de 2005, pudo haber ido en cualquier dirección, por lo que un análisis estructural explicaría muy poco.

Involucrar a los trabajadores migrantes es preponderante para los sindicatos y pudiera constituir una forma de que regresen a su propósito original: ser solidarios entre ellos. Organizarlos en el nivel de base significa «volver a los fundamentos del sindicalismo, es decir, organizar a los trabajadores más vulnerables» (David, 2002:71). Los migrantes se benefician, pero los sindicatos ganan además nuevos miembros y, en consecuencia, se reactivan. Organizar a los trabajadores no organizados del mundo es el mayor reto de los sindicatos actuales, que sufren una verdadera «crisis de representatividad». La creciente precariedad del trabajo en el orbe significa que la organización se convierte otra vez en la tarea principal, tal y como lo era en los orígenes del movimiento obrero. La alternativa es simplemente «gestionar el declive», según se describe en el escenario planteado por Manuel Castells (1996; 1997). Se trata de una cuestión de agencia, de elección política, y los trabajadores migrantes están obligando a los sindicatos a considerar dicha respuesta más proactiva.

A mi parecer, debemos trascender la idea de que los sindicatos se mueven sólo por intereses propios cuando se vinculan con los trabajadores migrantes. Ello forma parte de la lucha constante en contra las tendencias centrífugas del movimiento obrero, esas solidaridades no clasistas a las que se hacía referencia previamente; los trabajadores inmigrantes se hallaban en tal paradigma, considerados como «los otros». Jacobson y Geron sostienen que «aspectos de etnia, documentación, estatus y trabajadores nativos frente a extranjeros, se han empleado para definir a los nuevos inmigrantes, a quienes se les excluye de las luchas sindicales» (2008:113). Ante este escenario, los sindicatos colaboran con los trabajadores migrantes con la intención de combatir esa visión, afianzados en la idea de que «un trabajador es un trabajador, es un trabajador», como ya se ha insistido. A pesar de lo anterior, ese sentimiento no aborda por sí solo la política «de pertenencia al movimiento sindical». Durante décadas las mujeres trabajadoras no «pertenecían» a éste, tampoco lo hacen plenamente los trabajadores migrantes; en el caso de los últimos, es preciso abordar de forma constante el tópico del racismo, al igual que el sexismo e incorporarlos al movimiento sindical.

La aludida lucha es parte del objetivo más amplio del sindicalismo: «El movimiento obrero comenzó como una lucha popular por la democracia» (Friedman, 2007:15) y si pretende tener algún sentido hoy día, es imprescindible renovar ese compromiso. El movimiento obrero, en tanto categoría social y movimiento social, promueve un proyecto de democracia social, económica y política. Lo que las ideas de la Revolución francesa —liberté, égalité, fraternité— significaron para el movimiento obrero original, quizá en el presente las ideas por la justicia global podrían proporcionar una inspiración similar a las luchas obreras. El éxito del movimiento sindical y obrero en el pasado se basó en la organización y la solidaridad para crear una verdadera comunidad de intereses. Distanciarse de los elementos que le otorgan solidez, es decir, la espontaneidad y la democracia, conduce, de modo irremediable, a la burocratización, a la desmoralización y, en última instancia, a la caída, pues difícilmente se trata de un movimiento social que atraiga a nuevos integrantes. Con todo, si el movimiento obrero continúa siendo un movimiento social (y eso es, por supuesto, debatible), entonces tiene la capacidad de renovarse y reinventarse para hacer frente a los nuevos retos de la época. Al hacerlo, los temas relacionados con los trabajadores migrantes pasarán ineludiblemente a primer plano y la manera en que se aborden influirá de forma notable en el futuro del movimiento sindical.

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