Migración y Desarrollo, volumen 22, número 42, primer semestre 2024, es una publicación semestral editada por la Universidad Autónoma de Zacatecas «Francisco García Salinas», a través de la Unidad Académica de Estudios del Desarrollo, Jardín Juárez 147, colonia Centro, Zacatecas, C.P. 98000, Tel. (01492) 922 91 09, www.uaz.edu.mx, www.estudiosdeldesarrollo.net, revistamyd@estudiosdeldesarrollo.net. Editor responsable: Raúl Delgado Wise. Reserva de Derechos al Uso Exclusivo Vía Red Cómputo No. 04-2015-060212200400-203. ISSN: 2448-7783, ambos otorgados por el Instituto Nacional del Derecho de Autor. Responsable de última actualización: Unidad Académica de Estudios del Desarrollo, Maximino Gerardo Luna Estrada, Campus Universitario II, avenida Preparatoria s/n, fraccionamiento Progreso, Zacatecas, C.P. 98065. Fecha de la última modificación, mayo de 2024.

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https://doi.org/10.35533/myd.numero42

Migración, género y trabajo: latinoamericanas en el mercado laboral estadounidense

Migration, gender, and labor: latin American women in the U.S. labor market

Recibido 22/04/24 | Aceptado 07/05/24

Daniela Castro Alquicira

*Mexicana. Investigadora asociada, Instituto de Investigaciones Económicas, Universidad Nacional Autónoma de México. Correo-e: dancasalqui@gmail.com

Resumen. El artículo analiza la inserción laboral de mujeres latinoamericanas inmigrantes en Estados Unidos entre 1994 y 2023, se destaca cómo la globalización económica y la reestructuración productiva han generado una mayor demanda de mano de obra femenina en el sector servicios. Las trabajadoras inmigrantes desempeñan un papel esencial en diversos sectores como el cuidado, el trabajo doméstico y los servicios, enfrentan condiciones laborales desiguales, bajos salarios y falta de protección social. Se utiliza información estadística de la encuesta Current Population Survey (CPS) para revelar la manera en que la participación laboral femenina ha crecido más rápidamente que el flujo migratorio. Además, el estudio muestra la forma en que distintos factores (escolaridad, flexibilización laboral y políticas migratorias) han transformado las dinámicas de migración femenina. A pesar de su contribución clave a la economía estadounidense, estas trabajadoras enfrentan una persistente desvalorización social y económica, lo que refleja desigualdades estructurales basadas en género, origen y clase.

Palabras clave: migración femenina, América Latina, mercado laboral estadounidense, precariedad laboral, género.

Abstract. This article analyzes the labor insertion of Latin American immigrant women in the United States between 1994 and 2023, highlighting how economic globalization and productive restructuring have generated an increased demand for female labor in the service sector. Immigrant women play an essential role in sectors such as caregiving, domestic work, and services, facing unequal working conditions, low wages, and a lack of social protection. Statistical information from the Current Population Survey (CPS) is used to reveal how female labor participation has grown more rapidly than migratory flows. Additionally, the study shows how factors (educational attainment, labor flexibilization, and migration policies) have transformed the dynamics of female migration. Despite their key contribution to the U.S. economy, these workers continue to face persistent social and economic devaluation, reflecting structural inequalities based on gender, origin, and class.

Keywords: female migration, Latin America, U.S. labor market, labor precariousness, gender.

Introducción

El artículo se centra en analizar los determinantes de la inserción laboral de las mujeres inmigrantes latinoamericanas en Estados Unidos en los últimos 30 años (19942023). Dicho periodo es parte de un proceso caracterizado por profundas transformaciones en diversas áreas de la vida social, derivadas de la llamada globalización económica en su fase neoliberal. En ese contexto, el fenómeno de la migración laboral internacional se ha vuelto más complejo, debido a nuevas realidades locales, regionales y nacionales. En América Latina, las dinámicas migratorias se transformaron dentro de la región y hacia el exterior. Los flujos migratorios latinoamericanos se orientan esencialmente hacia Estados Unidos, el principal país de destino a escala mundial y el mayor receptor de migración mexicana, así como de grandes contingentes provenientes del centro y sur del continente.

La movilidad internacional de mujeres trabajadoras ha experimentado también cambios trascendentales en cuanto a su volumen, dinámica y características, los cuales no pueden comprenderse sin considerar el contexto general en el que ocurren. En ese sentido, es importante destacar la creciente incorporación de las mujeres al trabajo remunerado en el ámbito mundial, un fenómeno impulsado por transformaciones económicas, sociales y políticas vinculadas con la reestructuración productiva y a la implementación de políticas neoliberales en la mayoría de los países del mundo.

En la migración internacional, las mujeres participan activamente y se integran de manera creciente en los mercados laborales de los países de destino. Aunque su migración ha estado presente en distintas etapas históricas, permaneció invisibilizada hasta la segunda mitad del siglo XX, ya que se las consideraba como acompañantes de los migrantes varones o como participantes en procesos de reunificación familiar, se minimizaba, además, su actividad en los mercados laborales. No obstante, en los últimos 40 años, es evidente que su participación en los movimientos poblacionales internos e internacionales es cada vez más activa e independiente respecto a las migraciones masculinas.

El objetivo del presente estudio es indagar en los procesos que desencadenan la migración de las mujeres trabajadoras latinoamericanas, así como en el análisis de las características e inserción de esta fuerza de trabajo en Estados Unidos. La migración femenina latinoamericana posee características propias que se desarrollan dentro de dinámicas más amplias de las migraciones laborales contemporáneas. Su funcionamiento se vincula con la interconexión económica, política, social, histórica y demográfica entre los países de origen en América Latina y el país de destino, Estados Unidos. En este sistema migratorio, el motor principal de la migración de mujeres es el proceso de acumulación en Estados Unidos, que genera las condiciones para el fenómeno migratorio y define sus principales rasgos. Adicionalmente, la inserción de los países latinoamericanos en el mercado mundial, bajo relaciones de dependencia y de complementariedad subordinada (Roldán, 2013) con los países desarrollados, especialmente Estados Unidos, impulsa estos flujos migratorios de mujeres.

La reestructuración productiva en Estados Unidos desde los 1970, junto con la segmentación de los mercados laborales, incrementó la demanda de mano de obra barata, en especial de mujeres, para empleos precarios con bajos salarios y limitadas posibilidades de ascenso. Así, la migración de mujeres latinoamericanas, entendida como un fenómeno laboral y productivo, se encuentra determinada por factores económicos asociados a la reconversión productiva global y a las estrategias de la globalización económica neoliberal. Su especificidad radica en que, aparte de las determinantes económicas, está influida por condiciones sociales derivadas de un sistema de reproducción social que perpetúa desigualdades de género.

Se contemplan dos ejes fundamentales, el primero atiende a la conexión entre el proceso de reconversión productiva en Estados Unidos y los cambios profundos en su estructura económica y los mercados laborales. Se hace hincapié en los procesos de terciarización, flexibilización de la economía estadounidense y la entrada masiva de las mujeres nativas al trabajo remunerado, como elementos que desencadenan la demanda de trabajo de mujeres inmigrantes latinoamericanas en Estados Unidos.

El segundo eje se centra en la investigación empírica que examina la inserción laboral de las mujeres latinoamericanas entre 1994 y 2023. El inicio de este periodo marca un cambio significativo en los patrones migratorios de los países latinoamericanos, con transformaciones en volúmenes, rutas, lugares de origen y de destino, temporalidades, condiciones de tránsito y formas de incorporación a los mercados laborales. Entre los fenómenos sobresalientes se ubica la creciente migración centroamericana hacia Estados Unidos, el aumento de la inmigración mexicana y de países sudamericanos, así como el flujo migratorio desde la región del Caribe. La inmigración latinoamericana en Estados Unidos pasó de 11.3 millones de personas a 26.2 millones, con una tasa de crecimiento total del periodo de 131.8%, entre 1994 y 2023. En el caso de las mujeres, su número se incrementó de 5.4 a casi 13 millones en el mismo periodo, es decir, más de 140%, tasa superior a la del crecimiento de los hombres latinoamericanos que fue de casi 130%.

Los datos aquí empleados provienen de la encuesta relativa a la fuerza laboral y el mercado de trabajo, conocida como la Current Population Survey (CPS). La cual se levanta mensualmente por la Oficina del Censo de los Estados Unidos en colaboración con la Oficina de Estadísticas Laborales. Con la cps se elaboró una base de datos de 14 variables sociodemográficas y 15 relacionadas al mercado laboral para los años que van de 1994 a 2023. La construcción de dicha base fue a partir de Integrated Public Use Microdata Series (IPUMS, por sus siglas en inglés), en su versión IPUMS CPS, proyectos que son desarrollados por la Universidad de Minnesota, en el que se concentran y homologan los microdatos de la CPS.

El periodo de análisis seleccionado responde a un criterio cualitativo vinculado al rediseño de la CPS en 1994, en el que se introducen preguntas clave para identificar a la población extranjera, como la fecha de inmigración, el país de origen y el lugar de nacimiento de la madre y el padre de los encuestados. El análisis se limita hasta 2023, dado que corresponde al último año con información disponible en el momento de estudio.

Transformaciones productivas y la incorporación laboral de mujeres inmigrantes

En los últimos 40 años, la globalización económica ha impulsado una profunda reestructuración industrial, tecnológica y laboral que ha obligado tanto a países desarrollados como subdesarrollados a adaptar sus economías y reformar sus políticas. En Estados Unidos, el proceso comenzó a mediados de la década de 1970, cuando la crisis del modelo de acumulación industrial taylorista-fordista provocó una caída de la demanda, la productividad y la rentabilidad del capital, hecho que generó desempleo e inflación generalizados (Antunes, 2001). Para enfrentar esta crisis, se implementó una reestructuración orientada a reactivar el ciclo productivo y reforzar el control sobre la fuerza laboral, lo que resultó en la consolidación del neoliberalismo como estrategia económica y política, restaurando el poder de las élites económicas tras el periodo del Estado benefactor (Harvey, 2007; Antunes, 2005).

Este modelo introdujo una nueva forma de acumulación flexible, caracterizada por la innovación tecnológica, la automatización, la creación de nuevos mercados y productos, y la diversificación organizacional. Asimismo, para competir en el mercado global, se desmanteló gran parte de la actividad industrial en los países centrales, trasladándola a regiones con bajos costos laborales y menores regulaciones, mientras que las inversiones extranjeras directas y otras transacciones internacionales de capital se intensificaron.

La reconversión económica trajo consigo la flexibilización de los mercados laborales. En Estados Unidos, el empleo industrial se redujo de forma drástica (Harvey, 1990), mientras el sector servicios creció de manera acelerada, abarcó desde trabajos administrativos y financieros hasta servicios de salud, limpieza, turismo (Antunes, 2001). Paralelamente, el mercado laboral se volvió más heterogéneo con la incorporación masiva de mujeres y otros grupos sociales desde mediados de los 1970. Los anteriores cambios reflejan una transformación estructural en la economía global, con profundas implicaciones en la organización del trabajo y la distribución de oportunidades laborales.

El mercado laboral estadounidense, durante el neoliberalismo, se organiza en múltiples estratos diferenciados donde, por un lado, se concentra el empleo estable con condiciones laborales relativamente favorables y, por otro lado, se aglutina el empleo en el que los trabajadores son altamente reemplazables y se desarrollan en una posición de alta vulnerabilidad. Tal estructura pone de manifiesto la segmentación y desigualdad del mercado laboral en la que la estabilidad y los derechos laborales disminuyen progresivamente hacia la precarización y la informalidad (Harvey, 1990).

En este nuevo mundo laboral, las mujeres han emergido como la principal mano de obra suplementaria, con una creciente participación en todos los sectores económicos desde la década de 1960 (Maruani, 2002). El fenómeno responde a su adecuación para empleos masivos de baja remuneración y condiciones laborales precarias, por ejemplo, trabajos a medio tiempo, temporales o parciales que ofrecen menores salarios y beneficios en comparación con los hombres (Braverman, 1998). Dicha dinámica se observa en todos los segmentos del mercado laboral, desde los trabajos más estables y mejor remunerados hasta los sectores más vulnerables.

El mercado laboral, tradicionalmente masculino, ha experimentado una transformación significativa al incorporar a un gran número de mujeres, en particular en el sector servicios y en las nuevas ramas productivas (Antunes, 2001). En los países centrales, como Estados Unidos, desde finales de los 1970, la terciarización y flexibilización del mercado laboral son tendencias clave. La creciente participación femenina ha acompañado y potenciado estos cambios estructurales, mientras que la disminución de los empleos en la agricultura y la industria, junto con la caída de los salarios masculinos y el deterioro de la calidad de vida, han impulsado todavía más su incorporación masiva al trabajo asalariado.

Entre 1950 y principios del siglo XX, la proporción de empleos en el sector terciario pasó de 40% a 80% a escala mundial, las mujeres han sido un factor decisivo en esa transición (Maruani, 2002).En Estados Unidos, la participación femenina en el mercado laboral creció de 36% en 1960 a casi 40% en 1980, en los últimos 20 años alcanzó 47%. Contrariamente la participación masculina disminuyó de 76% en 1960 a 54% en 2023 (véase gráfica 1).

Gráfica 1. Porcentaje de participación de la fuerza laboral estadounidense, según sexo, 19602023

Fuente: IPUMS CPS, 2024.

La creciente incorporación de las mujeres al trabajo remunerado en Estados Unidos no ocurre en un contexto de igualdad. Aunque los avances en educación impulsan su participación, continúan enfrentando desigualdades salariales, limitaciones en el desarrollo profesional y segregación laboral. Semejantes inequidades se agravan por factores de clase, puesto que mientras las mujeres de clase media acceden a empleos más estables, las de clases populares se ven relegadas a trabajos precarios y al subempleo, exacerbado desde la crisis del empleo de la década de 1980. A la vez, la persistencia de funciones tradicionales asigna a las mujeres la doble carga de responsabilidades domésticas y laborales, lo que perpetúa condiciones de desigualdad.

Por otro lado, la reducción de servicios estatales en salud, educación y cuidado intensifica la demanda de mano de obra femenina, específicamente de inmigrantes, para realizar tareas domésticas y de cuidado en hogares de mujeres trabajadoras nativas y profesionales de alto nivel. El fenómeno refuerza una economía que depende de trabajadoras inmigrantes, a menudo invisibilizadas y sujetas a bajos salarios y escasos derechos laborales. Autoras como Saskia Sassen (1984, 1991, 2011) destacan que estas mujeres son esenciales para garantizar la reproducción social y el funcionamiento de hogares y sectores clave de la economía estadounidense.

La terciarización de la economía, junto con la precarización laboral, incrementa la demanda de empleos mal remunerados, en especial en las ciudades. En ese contexto, los servicios precarizados, realizados mayoritariamente por inmigrantes, incluyen limpieza, mensajería, atención en restaurantes, hoteles y tiendas, entre otros. Aunque los aludidos trabajos no se consideran parte de la economía global, sí lo son de la infraestructura que sustenta sectores dinámicos como las finanzas y la alta tecnología.

Cabe agregar que la informalidad caracteriza gran parte de estas relaciones laborales, lo que reduce costos para las personas empleadoras, pero coloca a las trabajadoras en una situación de vulnerabilidad y desprotección. Dicha condición no sólo degrada y desvaloriza su trabajo, sino que contribuye a la invisibilidad de las mujeres inmigrantes en el mercado laboral, resalta un nivel adicional en la segmentación del trabajo bajo el modelo neoliberal.

Trayectorias laborales de las inmigrantes latinoamericanas

Desde los 1990, la migración latinoamericana hacia Estados Unidos experimentó cambios relevantes. En términos de volumen, pasó de representar 4.4% de la población total estadounidense en 1994 a 8% en 2023. Si se considera también a los descendientes de migrantes nacidos en Estados Unidos, los latinoamericanos alcanzaron 18% de la población nacional, es decir, 65.2 millones de personas en 2023 (Pew Research Center, 2024).

De manera complementaria, la composición de esos flujos se diversificó. Migrantes de Sudamérica (brasileños, bolivianos, colombianos, peruanos y ecuatorianos) duplicaron su presencia para 1994 respecto a la década anterior, con Colombia y Perú como los principales emisores. En Centroamérica, la migración desde El Salvador, Guatemala, Honduras y Nicaragua alcanzó 1.6 millones de personas en 1994. En el caso de los mexicanos, aunque experimentaron un menor crecimiento relativo, continuaron como el grupo más numeroso, es decir, 57% del total de inmigrantes latinoamericanos, con 6.5 millones (véase gráfica 2). Respecto a los inmigrantes caribeños, los cubanos lideraron los flujos migratorios, seguidos por los dominicanos, jamaiquinos y haitianos, que en conjunto representaron 31% del total de inmigrantes latinoamericanos en 1994.

Gráfica 2. Volumen de la inmigración latinoamericana en Estados Unidos, según región de origen, 19942023

 

Fuente: IPUMS CPS, 2024

Para el año 2000, el crecimiento de la migración latina comenzó a desacelerarse. Por primera vez desde 1960, el número de inmigrantes no duplicó el de la década anterior, alcanzó casi los 15 millones. A pesar de ello, Brasil, Ecuador, Venezuela y México continuaron mostrando aumentos significativos. A partir de este periodo, el crecimiento de la población latinoamericana en Estados Unidos fue impulsado más por altas tasas de fertilidad y natalidad que por nuevos flujos migratorios, aunque el número de migrantes continuó creciendo en aproximadamente 5 millones por década (Pew Research Center, 2014).

La disminución relativa a la llegada de migrantes latinoamericanos en Estados Unidos se asocia con la pérdida de la característica de circularidad, en específico en el caso de México. La reforma migratoria IRCA (Immigration Reform and Control Act) en 1986 condicionó la regularización al establecimiento de residencia permanente en el país y se introdujo un plan de seguridad fronteriza que implicó la militarización de la frontera. Estos dos elementos modificaron el tiempo de permanencia de la población inmigrante, particularmente la de origen latinoamericano (Bergad y Klein, 2010).

A partir del siglo XXI, las tasas de crecimiento de la inmigración latina comenzaron a contraerse de manera notable. Según el censo de 2010, las tasas de migración provenientes de América del Sur y del Caribe se redujeron a menos de la mitad (de 3.5% en 2000 a 1.5% en 2010), mientras que la migración mexicana cayó a menos de un tercio (de 7.8% a 2.5%). La migración centroamericana mostró también una disminución, aunque menos pronunciada (de 5.8% a 4%) (IPUMS-CPS, 2024). Desde 2010 un tercio de los países presentó tasas de crecimiento negativas, incluido México, con una caída de –0.1% en 2017.

La reducción general de la migración latinoamericana desde la década de 1990 se atribuye de modo parcial a políticas migratorias más restrictivas y a la militarización de la frontera, especialmente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, tales medidas no detuvieron por completo el flujo migratorio, sino que lo administraron de acuerdo con las necesidades laborales de Estados Unidos. La crisis económica de 2008 tuvo, de igual forma, un impacto crucial, al reducir la demanda de fuerza de trabajo en diversos sectores productivos, lo que contribuyó al descenso de las tasas de inmigración.

Desde 2016 la migración mexicana exhibe una desaceleración significativa. El saldo neto migratorio, que manifiesta la diferencia entre la cantidad de mexicanos que emigran y de la cantidad de migrantes que ingresan a México, se redujo en un promedio anual de 14%. Durante el último año de la presidencia de Barack Obama y a lo largo del primer mandato de Donald Trump, esa disminución acumuló una caída de 59.6% (Negrete, 2024). Esta desaceleración no implica que la fuerza de trabajo mexicana haya perdido relevancia en la acumulación de capital estadounidense. En contraposición, demuestra una nueva reestructuración de los mercados laborales, que responden a transformaciones en la demanda de mano de obra en sectores estratégicos de la economía de Estados Unidos.

En las últimas dos décadas, la migración latinoamericana experimentó transformaciones culturales, históricas, económicas y sociales que van más allá de los números, e impactan los mercados laborales y las dinámicas sociales. Al interior del sistema migratorio América Latina-Estados Unidos, las mujeres desempeñan un papel crucial, aunque su experiencia, en concreto en relación con el trabajo y los mercados laborales, sigue siendo subestimada.

Para el periodo 19942023, las mujeres latinoamericanas participan en la migración hacia Estados Unidos en una proporción similar a la de los hombres. La participación de las mujeres varía mínimamente: en 1994 a 48.8%, en 2000 a 49.1%, en 2010 a 49.3%, en 2020 a 50.1% y en 2023 a 49.2% (IPUMS-CPS, 2024), con diferencias importantes según el país de origen. Estos datos evidencian que las mujeres, por lo menos desde 1990, conforman la mitad de la inmigración latinoamericana en Estados Unidos.

En 1994, los datos de la cps constatan que la proporción de mujeres en la migración latinoamericana fue ligeramente menor que la de los hombres. Las migraciones con menor participación femenina provinieron de El Salvador y Surinam (48% y 47%, respectivamente), mientras que México registró el porcentaje más bajo de todos, con 44.5%. Otras migraciones reflejaron paridad entre hombres y mujeres, como las de Guatemala, Haití, Argentina, Bolivia, Ecuador, Perú, Uruguay y Venezuela. Finalmente, hubo casos donde la proporción de mujeres superó a la de los hombres, sobresalen los flujos desde Belice, Costa Rica, Honduras, Nicaragua, Panamá, Cuba, República Dominicana, Jamaica, Barbados, Trinidad y Tobago, Brasil, entre otros.

De acuerdo con los datos de 2023, dichas tendencias cambiaron de modo representativo. México dejó de ser el país con menor proporción de mujeres respecto de los hombres, con 47.4%, al ser superado por El Salvador (47%), Honduras (46.4%) y Guatemala (43.3%), Argentina (47.3%) y Bolivia (44.7%). En los flujos provenientes de Nicaragua (51.9%), Panamá (52.7%) y los países del Caribe, las mujeres mantienen una participación superior a 50%. La tendencia también se observa en Colombia (54.3%), Perú (53%), Uruguay (51.7%) y Venezuela (53.8%) (IPUMS-CPS, 2024).

Respecto a la edad de las inmigrantes, se observan cambios significativos en el periodo de estudio. En 1994 la mayoría tenía entre 21 y 40 años, pero en 2023 55% tenía entre 31 y 55 años (IPUMS-CPS, 2024). Estos datos reflejan dos tendencias: un envejecimiento de las mujeres que se han establecido de manera permanente en Estados Unidos y un aumento de la edad promedio de las nuevas inmigrantes en comparación con los 1990.

La importancia de las mujeres en la migración latinoamericana se percibe además en los cambios cualitativos generados en los mercados laborales y en las dinámicas políticas, sociales y culturales de Estados Unidos, así como en sus países de origen. Desde hace tres décadas la migración femenina latinoamericana responde a nuevas condiciones socioeconómicas. Las mujeres ya no migran predominantemente por motivos de reunificación familiar, sino de forma más independiente e integrándose al mercado laboral estadounidense. Dichos cambios se asocian a la transición económica global de las últimas cuatro décadas, que ha transformado las oportunidades laborales y las relaciones de género. La creciente participación de las mujeres en la población económicamente activa (PEA) es un fenómeno mundial que incluye a las migrantes latinoamericanas.

Desde 1994 las mujeres han incrementado progresivamente su participación en el mercado laboral de Estados Unidos: 59% del total de los inmigrantes latinoamericanos formaba parte de la PEA, con una composición de 63.5% de hombres y 36.5% de mujeres. En 2023, los inmigrantes latinoamericanos representaron 10.2% de la PEA total del país. En ese sentido, las mujeres inmigrantes latinoamericanas han aumentado su participación en la PEA, pasando de 44.4% en 1994 a 49.3% en el año 2000. Del 2010 al 2023 su participación dentro de la PEA creció ligeramente de 53% a 53.8%, sin embargo, su nivel de empleo aumentó de modo notable de 87% en 1994 a 95.5% en 2023 (IPUMS-CPS, 2024).

Como se analizó en la sección anterior, un factor clave en el aumento de la participación laboral de las inmigrantes es la reestructuración económica. Este proceso provocó un declive en el empleo industrial y la flexibilización de las condiciones laborales y de contratación, lo que facilitó la incorporación de las mujeres inmigrantes como mano de obra precarizada, en especial en el sector servicios. Además, el incremento responde a diversos factores: el aumento de sus niveles de escolaridad y de la capacitación formal para desempeñar el trabajo, el retraso de la maternidad, la reducción del número de hijos y una mayor experiencia en el trabajo remunerado.

Cabe añadir que en 2023 la participación laboral de los hombres inmigrantes latinoamericanos alcanzó 76%, mientras que la de las mujeres fue de 53.4% (IPUMS-CPS, 2024), lo que evidencia una diferencia significativa. Tal disparidad puede explicarse, en parte, por la naturaleza de los trabajos que realizan las mujeres inmigrantes: sus actividades, con frecuencia asociadas al trabajo no remunerado, temporal o informal, no siempre se ajustan a la definición tradicional de empleo asalariado, lo que lleva a que sean subestimadas o excluidas de las estadísticas laborales. Asimismo, el estatus irregular de muchas de ellas dificulta su reconocimiento como trabajadoras que reciben salarios.

La inserción laboral de las mujeres inmigrantes latinoamericanas en Estados Unidos varía considerablemente según su país de origen. En 1994 pocas nacionalidades superaban 40% de empleo entre la PEA: destacaron las mexicanas (49%), dominicanas (47%), cubanas (46%) y venezolanas (43%). En el año 2000 un mayor número de nacionalidades registró niveles sobresalientes de empleo. Las mexicanas, cubanas, dominicanas y venezolanas mantuvieron los mayores porcentajes de participación en el empleo, seguidas de las provenientes de Guatemala (49%), Ecuador (47%), Argentina (46%), Chile (46%), Costa Rica (45%), El Salvador (45%), Honduras (45%), Nicaragua (45%), Brasil (43%), Colombia (43%) y Perú (41%). Este incremento coincide con el auge de la inmigración latinoamericana hacia Estados Unidos, producto de la intensificación de la reconversión productiva.

Durante este periodo la deslocalización de la industria hacia países menos desarrollados dejó ciertas actividades imposibles de trasladar, como los servicios de distribución, la producción, la agricultura, la construcción, los servicios sociales y personales. Dichas áreas, que requieren de mano de obra con bajos niveles de escolaridad y capacitación formal para el trabajo, acrecentaron la incorporación de trabajadores inmigrantes en Estados Unidos entre 1990 y 2006.

En el periodo que va de 2010 a 2023 las inmigrantes latinoamericanas en general pasaron de una tasa de participación económica de 56.4%, en el primer año, a una de 51.4 %, en el segundo. El número de mujeres migrantes provenientes de América Latina creció de 5.4 millones a casi 13 millones. En paralelo, la cantidad de latinoamericanas integradas a la fuerza laboral pasó de 2.4 millones en 1994 a 7 millones en 2023, con una tasa de crecimiento anual de 3.7%, ligeramente superior a la tasa de inmigración de mujeres latinoamericanas (3%) (IPUMS-CPS, 2024). Esto sugiere que la participación laboral de las mujeres crece más rápido que su flujo migratorio, lo que a su vez evidencia una mayor disposición de las mujeres recién llegadas para incorporarse al mercado laboral en comparación con aquellas que llevan más tiempo en Estados Unidos.

Es pertinente acotar que este fenómeno se inscribe en el proceso de feminización de las migraciones que ha caracterizado la movilidad de mujeres en los últimos 30 años. El cambio responde a la reconfiguración de la acumulación de capital, marcada por la flexibilización de la producción, la cual demanda una mayor incorporación de mujeres inmigrantes como fuerza de trabajo precarizada y adaptable a las necesidades de los mercados laborales.

Cuadro 1. Distribución del empleo de las mujeres migrantes latinoamericanas en Estados Unidos según sector de actividad, 2023

Fuente: IPUMS-CPS, 2024.

En cuanto a los sectores de ocupación en los que se insertan las mujeres latinoamericanas, la encuesta cps muestra una concentración relevante del empleo en el sector servicios, con un porcentaje que va de 60% en 1994 a 86% en el año 2023. Otra tendencia es la disminución del porcentaje de empleo en el sector manufacturero: de 19.8% a 9%. En el periodo de estudio, la mayor reducción en este sector ocurrió entre los años 2000 y 2010 cuando decayó de 17% a 9.3% (Castro, 2023). Relativo a la subregión de origen, las mujeres mexicanas presentan las cifras más altas en la mayoría de los sectores, lo que refleja su predominancia histórica en la migración hacia Estados Unidos; resaltan en la producción manufacturera (47% aproximadamente), así como en servicios de restaurantes, hospedaje y entretenimiento (41%); también tienen una participación destacada en los servicios profesionales (38%) y en el sector de la salud y los cuidados (33%); lo anterior exhibe una diversificación de actividades en las que se insertan las trabajadoras mexicanas dentro del mercado laboral en Estados Unidos (véase cuadro 1).

Por su parte, las caribeñas representan alrededor de 47% en el sector de servicios de salud y cuidados, porcentaje que constata su inserción tradicional en trabajos de cuidado y asistencia personal (Hondagneu-Sotelo, 2007). En adición, mantienen una participación importante en los servicios profesionales (21%) y en transporte y almacenamiento (16%). Las trabajadoras centroamericanas se insertan de manera clave en sectores con alta demanda de fuerza de trabajo con bajos niveles de escolaridad y de capacitación formal para el trabajo, como la construcción (aproximadamente 22%) y servicios en restaurantes, de hospedaje y entretenimiento (19%). Registran una participación destacada en el comercio al menudeo (15%) y servicios profesionales (20%), lo que sugiere su participación en empleos con menos barreras de entrada, pero que implican un alto grado de flexibilidad y precariedad (véase cuadro 1).

En contraste, las mujeres inmigrantes provenientes de América del Sur muestran una tendencia un poco distinta en la que se distinguen en los servicios profesionales, sector en el que representan alrededor de 26%, servicios personales (22%) y comercio al menudeo (19%). Esto indica su inserción en ocupaciones más diversificadas y, en algunos casos, que requieren mayores niveles de escolaridad y de capacitación para el trabajo en comparación con México y las otras subregiones de América Latina.

Las actividades en las que menos se insertan las trabajadoras latinoamericanas son aquellas que se incluyen en el sector primario de la economía con participaciones bajas para todas las regiones, a excepción de México con aproximadamente 63%. En contigua tesis, los servicios religiosos y sindicatos ostentan cifras menos representativas, con participaciones que oscilan entre 2% y 4%. Los servicios de mantenimiento también registran una baja participación en comparación con otros sectores (véase cuadro 1).

Estos datos desvelan algunos patrones de segmentación laboral según la región de origen. Las mujeres mexicanas y centroamericanas tienen una mayor inserción en sectores que tienden a ser más precarizados, como la manufactura, la construcción, los servicios de entretenimiento. Las mujeres caribeñas predominan en el sector salud y de cuidados, mientras que las sudamericanas resaltan en los servicios profesionales y personales, circunstancia que expresa una mayor diversificación.

Es preciso mencionar que para 2023 más de 50% del total del empleo de las trabajadoras inmigrantes latinoamericanas se concentró en sólo 22 ocupaciones dentro del sector terciario o de servicios, indicativo de una fuerte concentración en ocupaciones precarizadas que requieren bajos niveles de escolaridad y de capacitación formal. La ocupación más representativa es la de empleadas domésticas y de limpieza de habitaciones, que concentra 9.4% del total, seguida de conserjes y limpiadoras de edificios (janitors) con 5.2% y cocineras con 4.2% (véase cuadro 2). Más de la mitad de las trabajadoras latinoamericanas se insertan en trabajos tradicionalmente feminizados, asociados a la limpieza, el cuidado y los servicios personales, los cuales suelen caracterizarse por bajos salarios, condiciones laborales precarias y escasas oportunidades de ascenso. Asimismo, en gran medida, la inserción de estas migrantes se define por la creciente demanda de mano de obra en dichos sectores.

El papel de las inmigrantes provenientes de América Latina en la economía de los cuidados en Estados Unidos es vital. Ocupaciones como asistentes de cuidado personal (2.6%), asistentes de salud a domicilio (2.3%) y niñeras o trabajadoras de cuidado infantil (2.2%), reflejan su presencia en labores esenciales para el funcionamiento de los hogares estadounidenses.

De acuerdo con datos de la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos, a través de la Encuesta sobre el Uso del Tiempo en Estados Unidos, las inmigrantes latinoamericanas empleadas en actividades de cuidado y trabajo doméstico reportan un promedio de 33 horas trabajadas por semana (Bureau of Labor Statistics, 2024). No obstante, este dato resulta cuestionable si se considera que en 2022 las trabajadoras nativas en empleos de tiempo completo dedicaron, en promedio, 10 horas diarias en actividades relacionadas con el trabajo remunerado. Ello entraña que las trabajadoras latinoamericanas dedicadas al trabajo doméstico y los cuidados deben laborar en los hogares estadounidenses durante al menos 50 horas semanales, casi 17 horas más de las reportadas oficialmente.

Cuadro 2. Distribución del empleo de las migrantes latinoamericanas según las ocupaciones más representativas en el sector servicios, Estados Unidos 2023


Fuente: IPUMS-CPS,
2024.

Cabe agregar que las trabajadoras latinoamericanas se insertan en trabajos como asistentes de enfermería (2%) y enfermeras registradas (1.8%); los bajos porcentajes implican que algunas mujeres acceden a empleos del sector salud que requieren más especialización (véase cuadro 2). Sin duda, las trabajadoras latinoamericanas mantienen cierta importancia dentro de los sistemas de salud en Estados Unidos; por ejemplo, en el crítico contexto de la pandemia de covid-19 las mujeres latinas formaron parte de la fuerza de trabajo esencial y fueron clave en el sector de la salud. Según datos del Migration Policy Institute para 2020 (Batalova, 2020), de los 6 millones de personas inmigrantes en actividades catalogadas como prioritarias, 2.6 millones eran trabajadores del sector salud; de ellos, 75% eran mujeres (1.98 millones), de las cuales 36% (casi 731 mil) eran inmigrantes provenientes de América Latina y el Caribe (IPUMS-CPS, 2024).

Otra proporción significativa de estas trabajadoras se incorpora en la industria de restaurantes y preparación de alimentos, al igual que en el comercio minorista. Las ocupaciones de cocineras (4.2%), meseras (1.8%), cajeras (2.8%) y trabajadoras en la preparación de alimentos (1.5%) evidencian la participación de las mujeres en empleos temporales, inestables y mal remunerados. Tal tendencia se refuerza con su presencia en actividades manuales, como las empacadoras y embaladoras (2.4%) y las transportadoras de carga e inventario (1.1%), ocupaciones asociadas con empleos físicos que requieren de poca especialización.

De igual forma, las inmigrantes latinoamericanas se insertan en ocupaciones que requieren niveles altos de formación escolar y capacitación formal. Es el caso de las maestras de primaria y secundaria (1.6%), las secretarias y asistentes administrativas (1%) y las gerentes (1.7%). Estas cifras indican, aunque de manera limitada, que existe un grupo de latinoamericanas que accede a trabajos con mejores condiciones laborales y mayor estabilidad (véase cuadro 2).

La distribución advierte la segregación laboral basada en el género, el origen y la clase, que define la inserción laboral de las mujeres inmigrantes latinoamericanas en el mercado laboral estadounidense. Si bien estas trabajadoras sostienen sectores esenciales para la economía, continúan enfrentando desigualdades estructurales. La mayoría de esos empleos requiere de trabajadoras dispuestas a aceptar condiciones laborales flexibles y precarias, caracterizadas por la falta de estabilidad, contratos temporales, trabajos a medio tiempo, subcontratación y escasa o nula protección social y laboral.

Dichos empleos se encuentran en la base de la escala salarial, lo que los convierte en trabajos precarizados dentro del contexto socioeconómico estadounidense. Según datos de la CPS, las mujeres inmigrantes latinoamericanas percibieron ingresos anuales promedio de 40 mil 500 dólares en el año 2023. Sus ingresos fueron casi 10 mil dólares inferiores a los de los trabajadores latinoamericanos. En adición, las mujeres inmigrantes ganaron 20 mil dólares menos que las trabajadoras nativas estadounidenses y 40 mil dólares menos que los trabajadores nativos varones (IPUMS-CPS, 2024), cifras que revelan una marcada desigualdad salarial.

Conclusiones

En este artículo se analizó la dinámica laboral de las mujeres inmigrantes latinoamericanas en el mercado de trabajo en Estados Unidos entre 1994 y 2023. Durante ese periodo la creciente demanda de mano de obra femenina inmigrante fue determinante en las dinámicas de este flujo migratorio. El fenómeno se vincula con la reestructuración económica iniciada en la década de 1970, que transformó el aparato productivo estadounidense, con el impulso de la terciarización de la economía y la creación de un mercado laboral más heterogéneo en términos de género. En ese contexto, las mujeres se convirtieron en una reserva clave de mano de obra suplementaria, en especial en sectores que requieren fuerza de trabajo con bajos niveles de escolaridad y capacitación formal para desempeñar el trabajo y con condiciones laborales precarias.

La creciente participación de las mujeres en el trabajo remunerado, sumada al retroceso del Estado en servicios de salud, educación y cuidados, generó una demanda de trabajadoras que asumieran tales responsabilidades. Las trabajadoras latinoamericanas han sido fundamentales para cubrir esas necesidades, lo que ha permitido la inserción y permanencia de las mujeres nativas en el mercado laboral y ha garantizado el funcionamiento de los hogares estadounidenses. A su vez, la terciarización de la economía ha incrementado el número de empleos que requieren de poca calificación, socialmente desvalorizados, sin movilidad económica o social, y que atraen a grandes contingentes de trabajadores migratorios.

A lo largo del periodo analizado, las mujeres latinoamericanas participaron en la migración hacia Estados Unidos en proporciones similares a los hombres. En migraciones provenientes de El Salvador, Guatemala, Honduras, Bolivia, Argentina y México, la proporción femenina no superó 50%, a diferencia de países del Caribe y otros de Sudamérica donde predominan los flujos de mujeres.

El análisis de la inserción laboral de las mujeres, realizado desde una perspectiva crítica y basado en datos estadísticos oficiales, pone de manifiesto un aumento de su participación en la fuerza laboral estadounidense. Sin embargo, la mayor parte de estas trabajadoras se inserta en empleos precarizados y feminizados, como los cuidados personales, los cuidados, el trabajo doméstico y otros servicios personales. Esos trabajos exponen la desvalorización social y económica asignada al trabajo de las mujeres, considerado secundario. Además, las mujeres inmigrantes latinoamericanas se enfrentan al racismo, la xenofobia y la desprotección legal y política, situaciones que agravan su vulnerabilidad en Estados Unidos.

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Bases de datos consultadas

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